Río de las congojas

He leído compulsivamente, como suelo hacerlo, Río de las congojas, de Libertad Demitrópulos. Más allá de la exquisitez del relato, de los sobresaltos que ciertas palabras suelen producir en ciertos momentos de cada vida, sería interesante imaginar si Blas, Isabel, o la mismísima María Muratore no nos están diciendo, desde hace más de 400 años, tantas cosas sobre nuestro presente y nuestro futuro.

Descubrí Río de las congojas gracias a un buen amigo (Y qué poco sabemos, sé, de dónde encontrarnos, de dónde bucear en nuestra “santafesinidad”…). Encontré muchas reflexiones sobre este libro: la maternidad ausente en la literatura argentina; el inevitable emparentamiento entre ese cuerpo ausente/presente durante tantos años –Eva Perón— y el omnipresente cuerpo de María Muratore; el impresionante poema que abre el libro y que, publicado en 1981, decía mucho acerca de nuestros muertos-desparecidos.

Sin embargo, y con la sola y escasa autoridad que me da ser apenas una simple lectora compulsiva, habrá que apuntar que Río de las congojas dice mucho de nosotros mismos, desde el pasado, pero también desde el presente y tal vez desde el futuro.

Me quedo con el arraigo de Blas, con su desprecio a quienes se van, después de haber buscado tierra y mando, con las traiciones, que nos marcan desde hace tanto, con la mirada al sur porteño y esos barcos que pasaban sin detenerse, con quien elige morirse mirando al río de las congojas.

Y ahora salen yéndose de la tierra que mezquinaban. Ya pasó, al parecer, el último carro y los dueños de la tierra no se la pudieron llevar. Como ratas por tirantes van por el camino que los ve marcharse de Santa Fe. Lo que sin intención pregunto: ¿Ónde fue que dejaron sus alcurnias, sus escudos, las herencias que malquistaban y las escrituras de sus predios? Poco es lo que se llevan. Sí, pues. Olvidado.


Con la noche, sobre las casas abandonadas, el camino, sumido en sueños, ha de escuchar como tantas veces, a las últimas campanadas rodar como candiles apagados amortiguando el dormir y el ladrar de los perros ausentes.



Y con la certeza de que



Conviene que guardemos a nuestros muertos y su
fuerza, no sea que alguna vez
nuestros enemigos los desentierren y se los lleven consigo. Y entonces
sin su protección nuestro peligro iba a ser doble. ¿Cómo
podríamos vivir
sin las casas, nuestros muebles, nuestras tierras y,
sobre todo,
sin las tumbas de nuestros antepasados guerreros o
sabios? Recordemos
cómo robaron los espartanos de Tegea los huesos de
Orestes. Convendría
que nuestros enemigos nunca supiesen dónde los
tenemos enterrados.

Quizá será más seguro que los guardemos
dentro de nosotros mismos, si podemos,
o, todavía mejor, que ni siquiera nosotros sepamos dónde
yacen.
Tal como se han puesto las cosas en nuestros tiempos
--quien sabe--,
puede que hasta nosotros mismos los desenterráramos
y los tiráramos algún día.
Yannis Ritsos

Libertad Demitrópulos. Río de la Congojas. Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2007

Acerca del lujo y la coquetería femenina

En épocas de crisis, la austeridad parece ser la ley. Al menos así lo proclamaba el diario Santa Fe en 1920. El lujo se había transformado en vicio, impulsado, como no, por las mujeres especialmente.


El lujo no era un mal sólo santafesino, decía el diario Santa Fe; sin embargo había adquirido ribetes tan graves en la ciudad, que el periódico se veía en la obligación de decir unas cuantas cosas e influir en un cambio de conducta, especialmente en las santafesinas.


El vicio del lujo comenzaba, según la observación del diario, en la infancia. “Sería difícil distinguir en infinidad de casos cuál es el niño del millonario y cuál el de un modesto oficinista. Sigue el vicio con tonos más marcados aún en la adolescencia, y basta contemplar el desfile de ropas las tardes por calle San Martín, o por la mañana al terminar las clases de los establecimientos de enseñanza para advertirlo sin esfuerzo”.


Lo peor, era que las niñas de clase media no sabían confeccionarse su propia ropa sin la ayuda de una modista.


“De la mujer, no hablemos al respecto”, porque es obvio que la economía doméstica se trastocaba por el lujo “hasta la provocación” del que hacían uso.


Y qué decir de las maestras:

Ha llegado la malsana podredumbre hasta ciertas clases sociales que por mil razones debieran ser inmunes contra ella: nos referimos al magisterio femenino. La maestra de escuela se excede en sus hábitos.

Hay excepciones muy honrosas de modestia en el gremio; pero los lunares se destacan demasiado para no llamar la atención.

En plena crisis económica hemos visto a no pocas maestras arrancarse de la boca el pan diario para convertirlo en trapos y cintas.

La coquetería no debería desaparecer, asegura el Santa Fe, pero excederse comprometía no solo el buen ejemplo, sino también la reputación de la mujer en general, y de las maestras en particular.


Aunque no propone cómo, el diario sugiere “reprimir los desordenados instintos y ajustarse a normas de menos frivolidad y mayor tino”.

 
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