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Un ataque a la libertad de expresión que pudo cambiar la historia del país

Un matón, presuntamente enviado por el gobernador de Santa Fe, casi asesina a Álvaro Alsogaray en 1876. Se trata del abuelo del “capitán invierno”. La trama detrás de la presunta independencia del periodista Alsogaray. Los tiempos en la prensa santafesina luchaba desde la imprenta y desde las armas.
Audio en "Se hace tarde", Radio Nacional Santa Fe:


Servando Bayo fue gobernador de la provincia entre 1874 y
1878, el sándwich en los dos períodos gubernativos del hombre fuerte de la política santafesina de esos tiempos, Simón de Iriondo. Esto le valió el mote de gobernador títere, y aunque pudo ser cierto, hubo dos hechos que, con más o menos trascendencia, lo dejaron en la historia.

Con su impulso, se sanciona
ron al menos dos leyes estratégicas. En primer lugar, la que creó el Banco Provincial de Santa Fe. También fue el autor intelectual de la primera ley de prensa con que contó esta provincia y que, entre otras cosas, obligaba a los editores a registrarse ante la policía.

La creación del Banco Provincial de Santa Fe fue un interesante capítulo de nuestra historia. Apenas un mes después de asumir en la gobernación, envió a la Legislatura el proyecto que dio nacimiento a la entidad financiera. Atravesaba la provincia, como el país, una grave crisis económica.

Inglaterra era entonces la dueña en las sombras d
e la provincia: Iriondo había saldado una deuda entregándole los fabulosos quebrachales del norte santafesino que luego serían de la tristemente célebre empresa La Forestal. Los ferrocarriles ingleses eran propietarios de dos leguas de tierra a cada lado de las vías. Y Londres tenía el banco más fuerte de Rosario.

En la ciudad del sur y en esta capital el Banco Provincial de Santa Fe inició sus actividades el 1º de septiembre de 1874. Comenzó a recibir depósitos, que fueron retirados principalmente del Banco de Londres y Río de la Plata; sus créditos eran a bajo interés y la mediana empresa y los colonos consiguieron de a poco sacar la cabeza del agua.

Se entabló entonces un conflicto que se prolongó por más de un año y medio. Los londinenses intentaron provocar el quiebre del nuevo banco, presentándose para el cobro de una importante cantidad de papeles. A instancias de Bayo la legislatura sancionó una ley que suspendió los privilegios del banco inglés, que dejaba así de emitir billetes.

El Banco de Londres en Rosario inició acciones le
gales contra la provincia. El fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación avalando a Santa Fe, envalentonó a Bayo, quien el 19 de mayo de 1876 decretó la liquidación de esa sucursal por ser “ruinoso a los intereses públicos”. La policía cerró sus puertas, se sellaron sus libros, se ordenó un embargo y, además, se arrestó a su gerente.

La diplomacia no sirvió. El embajador de Inglaterra en Buenos Aires ordenó al capitán de la cañonera Beacon que se dirigiera urgentemente al puerto de Rosario “para proteger y dar lugar seguro a los bienes británicos”. La cancillería argentina, de la mano del Dr. Bernardo de Irigoyen, ganó esa batalla, pero en el terreno periodístico continuaría la guerra.

El abuelo del “capitán invierno”

En 1876, apareció El Pueblo, “Semanario político, comercial y literario”, redactado y dirigido nada más ni nada menos que por Álvaro Alsogaray (h).

Este Alsogaray era hijo del marino que había sido secretario del Almirante Guillermo Brown, héroe de la Vuelta de Obligado y fue durante varios períodos el administrador de correos en Santa Fe. Fue también el abuelo del personaje que con el mismo nombre nos aconsejó “pasar el invierno”.

El 31 de julio de ese año, Alsogaray distribuyó un boletín especial desde donde lanza una gravísima acusación.

“Conato de asesinato! Los miserables cobardes comprando la mano de los asesinos!!! Para satisfacer sus ruines venganzas!!!!” es el título que presagia una denuncia espectacular, máxime si al pie la firma es de Álvaro Alsogaray, aunque hayan pasado más de 130 años.

Alsogaray había sido detenido en la noche del 23 de julio, por uso de armas prohibidas. El reo aseguró que el reglamento policial le era aplicado sólo a él. Nadie más era detenido por uso de armas. El comisario “procedió injustamente u obedeciendo a una orden dada con premeditación y arbitrariedad”, afirmó.

El incidente no termina allí. Algunos días después pasó a mayores. Alsogaray estaba a la espera del vapor que transportaba los ejemplares de El Pueblo impresos en la ciudad de Paraná. Era por razones de seguridad; debía prevenirse ya que en otras oportunidades había sufrido ataques de “incendiarios que a altas horas de la noche ponía esponjas remojadas en petróleo en el tablero que está la frente de la Administración de ‘El Pueblo’”.

Pero dejemos hablar a Alsogaray:

En el momento que bajaba del Vapor con el paquete de periódicos en la mano (lo que acostumbro a hacer por mí mismo como medida de precaución contra las asechanzas con que hace algún tiempo se me persigue) me siento de improviso arrojar al agua, impelido por el asesino Sinforiano Bergara (a) Café a quien hasta entonces no había notado me persiguiese; caí en la profundidad de más de cuatro cuartas de agua, me levanté con esfuerzo para no soltar el paquete y llegaba a la orilla cuando se me pasó por delante el asesino Sinforiano Bergara (a) Café empuñando una daga (con puño de plata) e intimándome que dejase el paquete. Desarmado completamente por orden del Jefe de Policía, no pude resistir como se merecía el alevoso asesino cuyo brazo habían comprado mis valientes contrarios. ¡Honor a ellos!

Estaba muy clara la situación para Alsogaray: quienes no podían responderle a los “ataques justos” que hacía desde la prensa, apelaban al “brazo del asesino”.

Logró salvar los ejemplares, que fueron distribuidos con puntualidad, afirma. Finalmente, advierte: “en vano será hacerme desistir de mi propósito por tales medios. ¡Alerta el pueblo con los asesinos, y la Justicia!”

En la edición regular del periódico, Alsogaray reproduce el boletín y dedica tres columnas y media a una carta abierta al gobernador Servando Bayo.

Desde las primeras líneas lo previene: usará un lenguaje de ruda franqueza. Antes que respetar al mandatario, su deber es, dice, respetar la ley. Y quién, sino la prensa, y en especial un periódico que se llama El Pueblo va a recordarle a los gobernantes cuáles son sus deberes. Alsogaray dice representar al pueblo. En nombre de él es que habla, sin que haya prueba alguna de su representatividad.

Es que tanto este como otros periódicos, se arrogaron siempre la voz de los ciudadanos. Según el periodista, el pueblo santafesino estaba siendo víctima del agravio y el ultraje por parte de Bayo.

Es curioso el discurso de Alsogaray: él, que por nadie fue elegido para hablar en nombre del “pueblo” le espeta al gobernador no haber llegado a la primera magistratura por voluntad popular, sino por el dedo de Simón de Iriondo.

Pero, claro, la herida que tenía abierta el abuelo del “capitán invierno” estaba más relacionada con los intereses que su nieto continuaría amparando un siglo después: la ofensa que la provincia, defendiendo su soberanía, le propinaba a los ingleses. Con las decisiones tomadas, Bayo “se atrae el desprecio y desafecto del público”, y cada medida suya “es un nuevo ridículo que cae sobre Ud.”, le espetaba Alsogaray.

No podía ser de otra manera: también le auguraba al Banco Provincial una corta y ruinosa vida.

Sin duda, queda para la fantasía pensar qué hubiera pasado si Sinforiano Bergara, alias “Café”, no hubiera tenido mala puntería y, al calor de las luchas político-periodísticas no hubiera, al menos, mutilado a don Álvaro Alsogaray para impedir su nefasta descendencia.

Fuente para detalles de la creación del Banco Provincial de Santa Fe: Jorge Campana. Servando Bayo. Santa Fe. Una época. Un gobernador. Santa Fe, Ediciones Culturales Santafesinas, 2006.

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