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La exaltación del patriotismo

La ciudad de Santa Fe también festejó el Centenario de la Revolución de Mayo, engalanando sus edificios, realizando manifestaciones y discursos y entregando dádivas a los pobres. El diario más influyente de entonces, exaltó el patriotismo en días en que arreciaban las protestas obreras y el anarquismo amenazaba con arruinar la fiesta de 1910.

Para 1910 se editaban más de media docena de periódicos en la ciudad de Santa Fe. Lamentablemente, sólo se conserva la colección (casi) completa de uno de ellos. Se trata de Nueva Época, la primera de las publicaciones santafesinas sobrevivió más de cuatro décadas; y allí se quedó.

Fue un diario conservador y reaccionario en su existencia. Lo prueban sus furibundos ataques a las revoluciones radicales de 1893, sus explícitos apoyos a la Liga Patriótica, haber tenido entre sus directores a Gustavo Martínez Zuviría, entre otros tantos casos.

Los festejos del Centenario ocuparon al diario durante varias jornadas, sea porque los santafesinos no le prestaban demasiada atención, sea porque se había proclamado el estado de sitio, o porque había que narrar las grandes manifestaciones realizadas en la ciudad en aquel mayo.

Son varias las cuestiones a resaltar del relato de Nueva Época en el Centenario. De algunas de ellas, pueden resultar comparaciones, que a veces son odiosas, pero otras muy esclarecedoras.

Jerarquía social

Nueva Época se reconoce como un diario conservador. Lo explicita constantemente y en su discurso expone las marcas de esa reivindicación política.

En los inicios de aquel 1910, todavía repercutía en todo el país el ajusticiamiento del coronel Ramón Falcón por parte del anarquista Simón Radowitzky. El 13 de enero se había levantado el estado de sitio impuesto desde el asesinato, y comenzaban los rumores de que se volvería a decretar para las fiestas de mayo. El clima era, para cualquier observador, de crispación, efervescencia y malestar por parte de los obreros.

Para Nueva Época, se trataba de un tiempo de indisciplina social. Los obreros no entendían, se puede leer en la edición del 7 de febrero, que lo que a lo largo de la historia había colaborado con el progreso y el adelanto de los pueblos habían sido “la firmeza en la mutua correlación de intereses que constituye el orden jerárquico social”, “el respeto mutuo de las funciones que a cada uno le están asignadas” y “la sumisión consciente y decorosa al principio de autoridad”.

Por ello y ante las manifestaciones obreras que se sucedían a poco tiempo de los festejos, y el anuncio de una huelga que se concretó pero perdió fuerza ante el nuevo estado de sitio, Nueva Época hablaba de la “agitación social preparándose”, y para colmo de males, en momentos en que el país iba a ser exhibido ante el mundo por sus primeros cien años.

“Pidan lo que se les plazca pero no aprovechen el momento tan solemne para imponer pretensiones que si son justas, la cordura de los hombres que hoy tienen las riendas del gobierno nacional se han de inclinar hacia ellos”, invitaba el periódico a seguir esperando. Y casi les rogaba: “Esperen la oportunidad, no se precipiten porque podrían pecar de antojadizos”. Si esto sucedía, Nueva Época advertía: “la Providencia no lo permita, pero velando por la tranquilidad del pueblo y en cumplimiento de la ley, la justicia caerá contra ellos y serán, pues, los culpables de haber agregado a una página de gloria una página de sangre”.

Cuando finalmente el estado de sitio es decretado, el periódico aplaude la decisión. Puesto que las representaciones extranjeras que nos visitaban nos “hacen honor” de llegarse hasta aquí, no podían los gobernantes “pecar de débiles”, porque ello sería lo mismo que “atentar contra la patria misma”.

Cuestión de clase

En la misma línea de “sumisión consciente y decorosa” Nueva Época ensalza la dádiva hacia los pobres. Y pide que Santa Fe imite sin pérdida de tiempo a las familias “de la sociedad” porteña que habían decidido enviar a sus hijos pequeños en comisión para solicitar en residencias y comercios recursos con los cuales formar un fondo para luego emplear “en la noble y generosa tarea de distribuir entre los niños pobres” en las fiestas del centenario.

Conmovedoras palabras que dejan en claro el significado de la justicia social por parte del periódico: “Es altamente halagador el sentimiento de estos pequeños hombrecitos, que no trepidan en lanzarse en busca de recursos para aliviar la suerte de esos otros pobrecitos desheredados, que cubren sus cuerpecitos con miserables vestidos, y es más seductora esta misión, si se tiene en cuenta que entre los grupos que hacen la colecta, se encuentran hermosas niñas en plena infancia con sus caritas risueñas llenas de gracia y candor, parecen llevar impresa en sus rostros la magna obra de caridad”.

Invita así a las familias santafesinas a que imiten a las porteñas, ya que nada era más noble que la prueba dada por los niños para dar un “momento de alegría a sus pobres hermanitos”.

Ya en la semana de mayo, como parte de los festejos, se distribuyeron entre los pobres del municipio ropa, carne y artículos de almacén. Rivalizaban en estos “actos de alta filantropía” el Tiro Federal, la Sociedad Cosmopolita y una escuela del barrio Candioti.

En aquel Centenario, lejos de asignaciones universales, “los indigentes recibían la dádiva generosa bendiciendo conmovidos a sus bondadosos bienhechores”, como correspondía en el orden jerárquico social al que estos ciudadanos debían someterse. Así, todos contentos: “No faltó alegría en ninguna parte, no hubo hogar entenebrecido por los horribles rigores de la miseria, mientras se ofrendaba a la patria con la veneración del culto más fervoroso”.
La fiesta de todos

Después de mostrarse alarmado por la falta de exhibicionismo patriótico en los primeros meses del año, Nueva Época realizó una extensa crónica de las fiestas, dejando en claro que habían sido obra del intendente Edmundo Rosas y no del gobernador (a quien el diario había apoyado hasta poco después de asumir, ya que Ignacio Crespo se mostraba apenas un poco menos conservador de lo requerido).

Tedeum, torneo de oratoria, iluminación y embanderamiento de los edificios públicos y manifestación hacia la plaza San Martín, organizada esta por la “sociedad femenina más distinguida”. Todo se desarrolló en el marco de un “alborozo colectivo”, “dentro de la más exquisita cultura”. Esto era para destacar: hasta los pobres se portaron bien; en las fiestas no hubo distinción de clases, ensalzaba el diario, y el programa se cumplió “agrupando con diversos números a la sociedad y al pueblo”, cada uno por su lado.

Argentina, y Santa Fe también, no debían dormirse en los laureles después de tanto festejo. Unos y otros, pero sobre todo los otros, debían volver al trabajo. “La laboriosa colmena necesita de nuevo entregarse al trabajo paciente, constante y sin intervalos”; con eso la república se convertiría en una “brillante esperanza de la raza”.

(Más, en la revista Entre Líneas)

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