Nuestros


El 1º de marzo de 1948 los ferrocarriles volvieron a ser argentinos. Las celebraciones en Santa Fe.

Juan Domingo Perón había sido internado de urgencia por una apendicitis y no pudo asistir a los actos centrales por la recuperación de los ferrocarriles. Debió improvisarse una comunicación desde el Instituto Argentino del Diagnóstico para apaciguar el temor de la multitud que lo aguardaba.

La preocupación, que también fue sentida en Santa Fe.

En medio de la exhultancia que dominaba a toda la ciudad, se notaba un cierto tinte de tristeza ante la forzosa ausencia de la Plaza Retiro del Excelentísimo Presidente de la República, General Juan Perón, que debió ser sometido a una intervención quirúrgica de urgencia por el doctor Oscar Ivanissevich. No obstante eso, todos hacían lo posible por disimular ese sentimiento, porque se sabía que el General Perón quería que todo el pueblo argentino festejara, a pesar de hallarse él en el lecho de enfermo, porque el admirable conductor no lleva en su grandiosa obra ningún propósito de lucimiento personal, sino que procura con noble empeño el bienestar de la nación.

En Santa Fe, el acto principal se realizó frente a Casa de Gobierno. Alrededor de las 19 horas, arribó el gobernador Waldino Suárez, el intendente y distintas autoridades.

Se cantó el Himno Nacional siguiendo la transmisión que llegaba desde la Plaza de Retiro en Capital Federal, escuchándose luego los distintos discursos que llegaban vía radiotelefonía.

Pero este no fue el único acto. El peronista diario El Orden informa que desde las primeras horas del día se podía ver una “ansiosa expectativa” en todos los habitantes, que más allá de las clases sociales, “reflejaban en sus rostros la intensa alegría que los embargaba y parecían querer proporcionarle alas al tiempo para que las horas transcurrieran rápidamente y llegara el tan largamente esperado momento en que las altas autoridades de la nación tomarían para esta la extensa red ferroviaria de capital británico”.

La ciudad tomó entonces un ambiente de fiesta. Es que el pueblo, el auténtico pueblo, se hallaba en la vía pública, para expresar con la corrección propia de un país culto como el nuestro la felicidad que lo embarga.

Puede afirmarse que nadie quedó sin exteriorizar su espontánea adhesión al magno acontecimiento. Cada domicilio era un reducto de emociones y la ciudad toda mostraba su rostro sonriente, elevando hacia el infinito un canto de agradecimiento y de esperanza.

El diario comenta que el pueblo concurrió, además de a la Plaza de Mayo, a la estación de los Ferrocarriles del Estado y a la del Central Argentino.

La fachada de las estaciones estaban adornadas con banderas argentinas, y retratos de Perón y Eva, al igual que las locomotoras.

El Orden, como era una característica suya, hizo sonar sus sirenas para festejar el acontecimiento.

Ayer a las 18.55, como una reafirmación de nuestra fe en la argentinidad, de nuestro júbilo por la magna etapa de recuperación económica que se estaba cumpliendo, de nuestra adhesión, procedente de la primera hora, a la extraordinaria obra del General Perón y de nuestra tradicional adhesión hacia todas las causas que propician el bien de la Nación, la sirena de EL ORDEN hizo oír su voz sobre la ciudad durante cinco minutos, festejando la simbólica toma de posesión de los ferrocarriles de capital británico.

Al asociarnos al júbilo provocado por el magno acontecimiento, lo hicimos con el pensamiento puesto en el futuro, dispuestos siempre a luchar por el progreso y bienestar de la Nación.

Además de los telegramas enviados con motivo de su salud, el gobernador Suárez también remitió otro al General Perón:


En este glorioso día para la argentinidad, os hago llegar mis más emocionadas felicitaciones, que traducen pálidamente los sentimientos que me embargan ante la culminación de vuestros titánicos esfuerzos por cimentar la liberación económica de la Nación Argentina, los que alcanzan hoy con la toma de posesión de los ferrocarriles ingleses, su más elocuente concreción. El presente y el porvenir de la patria se afirmarán sólidamente en la bienhechora obra de VE.

Tartufismo vergonzante


Esto de elevar a la cima a ciertos literatos no tiene nada de nuevo. Ya en 1927 se denunciaba en nuestra ciudad  el bombo y el autobombo de ciertas inteligencias mediocres.

Leemos en enero de 1927:

En los campos de las letras se impone hoy el tartufismo más vergonzante y descarado. El auto-bombo y el bombo mutuo gozan de extraordinario favor y se prodigan a todo trapo. Ellos han abierto el camino de una gloria de oropel a la incapacidad y a la medianía. Se sufre una racha de valores falsos, de inteligencias mediocres, de talentos fabricados, que triunfan por sobre aquellos que trabajan en silencio para el Arte.

Decía el diario Santa Fe que ya no existía la “dignidad intelectual” y que lo más usual en aquellos días era que el escritor o poeta honesto mereciera el “olvido aplastador”.

La raíz del mal era Buenos Aires, marcaba. Pero se extendía hacia el interior, donde la “enfermedad” asumía “caracteres desesperantes”.

Leemos:

En nuestro ambiente prospera y se agiganta la figura artificiosamente inflada de más de un ejemplar de pésima especie literaria. Sus éxitos se multiplican día tras día y ya para ver esas cumbres hay que levantar los ojos a las nubes. El común de las gentes se ve forzado a creer en ellas y las acepta como montañas de verdad.

Y continuaba el periódico señalando que en las redacciones de los diarios se conocía el secreto detrás de esos encumbramientos. “Aquí se sabe a costa de qué lesiones y ofensas a la dignidad intelectual se lograron tantos mentidos triunfos, tantas hipérboles consagratorias, tantos elogios desmesurados. Aquí se ha visto desfilar una y otra vez a esos personajes ahora ilustres, persiguiendo el triunfo inmerecido, mendigando el elogio precario, haciéndose a sí mismos las hipérboles que habían de exaltarlos e imponerlos a la admiración del mundo”.

Así vemos cómo ganan notoriedad ciertas intelectualidades absolutamente mediocres y cómo se agotan las ediciones abundosas de libros que debieron dormir el sueño eterno en los anaqueles de los negocios de librería, hasta que les llegará el día de prestar su único servicio: encender una pira y desaparecer para siempre convertidos en lo que fueron: humo de vanidad

En fin. Cualquier parecido con la realidad, es pura repetición, puro tartufismo vergonzante…

Fugas


Por (falta de) “inteligencia” policial o corrupción policial, las fugas insólitas de cárceles y comisarías tienen una larga historia en nuestra zona. Tres casos.

Uno
En noviembre de 1920 Cirilo Sabada, condenado a 25 años de cárcel por homicidio, se fugó.

Dice la crónica de la época que había confeccionando, pacientemente, con alambres que extraía de los elásticos de las camas, una cuerda que sujetó de la cornisa del techo en la parte exterior; trepó con mucha precaución por arriba del tejado y se deslizó al suelo favorecido por la noche oscura y tormentosa.

Más tarde, un guardia que hacía su ronda, vio sorprendido que de la fachada del establecimiento colgaba una cuerda. Inmediatamente dio aviso, sonando enseguida la campana de alarma. El director de la cárcel, que estaba acostado en su dormitorio, se levantó y dio orden de recoger la cuerda y pasar lista de los penados. Notada la falta de Cirilo Sabada se puso en conocimiento de la policía y al juez.

La fuga de Sabada y la forma que ella se ha llevado a cabo, hizo creer al periodismo que no habría podido hacerlo sin ayuda. De hecho, el director de la cárcel hizo arrestar a los guardias que prestaban servicio esa noche. Sin embargo, la explicación oficial fue otra: era escaso el personal para vigilar a los recluidos, según el director, por lo que había que “felicitarse” de no tener que lamentar mayores desgracias.

Dos
En 1926, el diario Santa Fe publicó el caso de otra fuga. En un operativo en el sur de la provincia, había sido apresada una gavilla de cuatreros que venía operando allí, en Santiago del Estero y Córdoba.

Cuando fue detenido, un tal Bravo, el jefe, había dicho: “yo, he de estar en libertad en el momento menos pensado, que bastante medios tengo para hacerlo…

Nadie dio mayor importancia a tales manifestaciones pero, por lo que ha ocurrido queda constatado que el jefe de la gavilla de cuatreros es hombre de palabra”, adelanta el Santa Fe.

El relato señala que su custodio tenía expresas instrucciones de vigilarlo noche y día. “Protestó, diciendo que él no era ningún delincuente y que bien caro le pagarían todo lo que le estaban haciendo”.

No se le hizo caso”, se lamenta el diario. La custodia era turnada cada 24 horas. La que se le puso la víspera de su fuga, era un agente de policía de regular edad, veterano y muy confiado.

-Yo no creo, dicen que dijo, que un hombre que se ha quedado con algunas vaquitas ajenas tenga interés en irse.

Pero el hombre perdió la partida, el cuatrero se atrajo su confianza y durante la noche el jefe de los cuatreros pudo cumplir su promesa. El agente se durmió.

Segundo Bravo aprovechó la oportunidad y salió por la puerta principal de la comisaría. El agente que hacía guardia, allí en la puerta, también se había quedado dormido.

Tres
En 1930, los policías o guardiacárceles seguían desatentos.

El diario El Orden titulaba: “Huyó un detenido de la comisaría del barrio Oser. Pidió permiso para pasar al water closet y aprovechó la oportunidad para fugarse. Tenía la captura recomendada”.

Se trataba de Alejandro Saavedra, de 19 años, que estaba detenido después de haberse recomendado su captura por fuga del hogar y estafa.

Una tarde, se le estaban tomando las impresiones dactiloscópicas, cuando el detenido solicitó permiso para pasar al water closset, y en un descuido de su guardián logró saltar una pared y desaparecer a la vista de este antes que se pudieran tomar medidas para impedirlo.

Dice El Orden: “En una conversación telefónica que sostuvimos con el comisario, para cerciorarnos del hecho, bastante borrascoso por cierto, pues el hombre está que se lo lleva el diablo, nos manifestó que una de las causas que motivaron la fuga citada es la falta absoluta de personal de que adolece esta seccional”.

Los trabajadores en los días felices


Poco más de un mes antes de que asumiera por primera vez la presidencia Juan Domingo Perón, el festejo del Día del Trabajador asumió un carácter festivo en la ciudad de Santa Fe.

La tradicional conmemoración del Día del Trabajador varió en 1946: de la clásica jornada de protesta al día de agradecimiento y de fiesta que iría consolidándose durante la década peronista.

Santa Fe no estuvo ajena a ese proceso que marcaría el inicio de lo que un gran sector de la sociedad argentina recordaría siempre como “los años felices”.

La cita del 1º de mayo de ese año fue, una vez más, en la Plaza España. Había sido organizado por la filial local de la Confederación General del Trabajo.

Desde primeras horas de la tarde arribaron afiliados a distintos gremios, al Partido Laborista y también “un grupo de señoritas, que vistiendo ropas blancas, llevaron grandes banderas argentinas, dando ello lugar a una nota emotiva y de indudable significación”.

Fueron varios los oradores que hicieron uso de la palabra luego de que se entonara el Himno Nacional “con verdadera unción patriótica”: Ernesto D. Orgamio, representante de los sindicatos autónomos; Segundo Díaz, de la Agrupación de Enlace de Gremios; J. Farré Malbet, del Partido Laborista; Juan C. Apullán, de la Federación Santafesina del Trabajo. Todos, dice la crónica del diario El Orden, exhortaron a los obreros “a mantenerse unidos con el fin de asegurar las conquistas sociales obtenidas”.


El acto fue cerrado por Ernesto Sollberg, de la CGT Santa Fe. El dirigente recordó el origen de la fecha y aludió a la política obrerista que se llevaba adelante desde la Revolución del 4 de junio de 1943.

Y esa fuerza laborista –señaló-- la verdadera en la reconstrucción del país, no ya perseguida por leyes y decretos amordazantes, sino escuchada y comprendida, por un gobierno fuerte y sereno, aquietada en sus enconos y en sus luchas de clases, segura ya de su propia fuerza y la justicia de sus reclamos, no sólo hizo oír su voz para el logro de sus conquistas sino que sabiéndose mayoritaria, reafirmó en elecciones limpias y puras, como no las tuvo nunca el país, al gobierno revolucionario y elevó con su apoyo y empuje a la primera magistratura del país a aquel que creó la Secretaría de Trabajo y Previsión.

Sollberg, ferroviario, cerró su discurso reconociendo en Juan Domingo Perón al hombre “que supo comprender el dolor del trabajador argentino”.

Esta es la hora de paz y de concordia, que aspiramos siempre los obreros y que abre como un nuevo día en este luminoso 1º de mayo, más hermoso que nunca porque es el día de las realidad y que arrancamos por el camino de la paz, de la justicia, de la comprensión, sin odios, sin rencores, sin el recuerdo de dolores pasados que hagan nacer deseos de venganza, para el bien de todos los hijos y para el engrandecimiento de la patria.

La reputación de la virgen de Guadalupe


En los años de la Confederación, una europea dejó sus impresiones sobre los santafesinos y sus costumbres. La festividad de Guadalupe fue una.

Lina Beck-Bernard, francesa, acompañó a su marido Carlos Beck, suizo a lo que era la Confederación Argentina. Mientras él se dedicaba a fundar colonias, ella vivió en Santa Fe. Escribió dos libros sobre nosotros, sólo uno de ellos traducido.

En Cinco años en la Confederación Argentina. 1857-1862, narró con mucha particularidad las costumbres, tradiciones, vestimentas, pensamientos, entre otras cosas de los santafesinos de la época.
La festividad de Guadalupe fue uno de esos tantos relatos.

La peregrinación es muy renombrada y los devotos invocan a la Virgen por los motivos más diversos”, comienza.

Una promesa a la virgen de Guadalupe tiene eficacia para una cantidad de cosas. Señoras hay que le hacen votos para tener hijos, otras para no tenerlos; algún militar reumático que se siente atacado de su mal el día de la batalla, y no puede moverse, hace una promesa a la Virgen de Guadalupe y sana milagrosamente, batiéndose luego como un león; ésta le pide por la salud del esposo, aquella la del hermano, otra la de un hijo bien amado. Y la Virgen de Guadalupe a todos escucha y a todos ayuda. Por eso es grande su reputación.

El problema con la festividad, según la escritora, era que vivía “un poco lejos”, con lo que había que conseguir vehículos a cualquier precio. Los más jóvenes, hacían el viaje a caballo; las mujeres más ancianas, sacaban de las cocheras “unos viejos carruajes con adornos dorados, estilo Luis XIV, vestigios del antiguo lujo virreinal”. Muy pintoresco, decía, aunque no tanto como las “altas carretas, de enormes ruedas de madera, arrastradas a paso tardo por seis bueyes magníficos”.

El camino de Guadalupe se llenaba con la multitud “pintoresca y abigarrada”.

Así describía Lina Beck-Bernard la entonces capilla:

Se muestra deliciosa bajo el azul radiante del cielo, con sus muros blancos, su torre cuadrada y el portal, coronado por una cupulita árabe, de estilo entre cristiano y morisco. La circunda una galería sostenida por pilares de algarrobo, tallados caprichosamente. En el atrio se levanta una altísima palmera, de las más bellas que he visto en el país. Hay algunos naranjos de un verde sombrío, que contrasta con el color blanco de la iglesia y el fondo azul inalterable de la escena. Algo más lejos, entre las ondulaciones del terreno, divisamos la playa dorada de la Laguna Grande. Es éste un lago inmenso y majestuoso que tiene algo del mar por su vastedad.

No se priva la escritora de relatar los mitos que se tejían alrededor de la Laguna: globos de fuego que aparecían por las noches, un toro blanco con cuernos dorados, una joven de rara belleza que surgía del agua…

Pero Lina no se detiene demasiado allí, quiere describir  la peregrinación y las ceremonias que vio en Guadalupe.

Mientras el sacerdote celebraba la misa, por la que se le había pagado cien pesos aunque el sermón, según los oyentes, fue malo para ese precio, en las inmediaciones de la capilla se formaba “el más pintoresco campamento”.

Se desataban los bueyes, las carretas levantaban sus toldos, y por todos lados aparecían los “tendejones ambulantes”, que vendían leche, vino, aguardiente, caña de azúcar, naranjas, limones, pan criollo, pastelitos y confituras secas.

Terminada la misa, quien no había llevado provisiones las compraban a estos tenderos. Mientras, los gauchos aburridos improvisaban carreras de caballos, apostando dinero y ropas.

La noche caía y todos regresaban a la ciudad.

Únicamente la pequeña cruz dorada que remata la cupulita de la iglesia brilla todavía un momento en el horizonte como una estrella fija. Pero este fulgor también se apaga. Pronto la soledad y el silencio, huéspedes habituales del lugar, reinan con las sombras de la noche sobre la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe.

YPF

Mamá, me caso


Se discute hoy el contrato pre-nupcial entre otras innovaciones del Código Civil. Hace más de dos siglos, en Santa Fe, los contratos eran dotales. Cuánto puso cada uno en este matrimonio por poderes.

Don Agustín de Iriondo y Alberdi se casó por poderes con doña María Josefa Narbarte el 11 de abril de 1785.

Habrá que hacer un esfuerzo de imaginación: el padrastro de María Josefa hizo ese día las veces de novio, y frente a testigos se casaron. Cuatro meses después, los esposos se vieron y firmaron el contrato matrimonial y dotal.

Ella aportó 3.717 pesos, dos y tres cuartillos reales, que incluían: géneros de Castilla y de la tierra, prendas, alhajas y plata sellada. También las casas que formaban parte de la morada de sus padres: se trataba de tres viviendas, que son descriptas en todos sus detalles, como medidas, tipo de ventanas y rejas, etcétera.

La dote también incluía a dos esclavas mulatas costureras y planchadoras, una nombrada María del Carmen de 21 años y otra Estefanía de 18, tasadas en 700 $.

El aporte al matrimonio de María Josefa se ampliaba con 12 taburetes, con espaldares de baqueta, 12 sillitas de paja pintadas, un aderezo de diamantes engarzado en plata con sus ramos de oro, una sortija de topacio engastada en oro con sus dos chispas de diamantes, un collar que se componía de 51 perlas finas, un par de zarcillos de oro con sus 6 perlas, 2 pares de hebillas de plata, una cruz de oro con su santo Cristo de lo mismo, dos sábanas de gasa con randas y encajes finos, un vestido con espolín blanco guarnecido con belillo y cintas, una pollera de tafetán con guarniciones de tafetán y cintas, entre otras cosas.

La madre de María Josefa explica que da esta dote porque su hija estaba en actitud de contraer matrimonio y le había dado todo a gusto a entera satisfacción. La nena se había portado bien.

Por su parte, Don Agustín de Iriondo, nativo de los reinos de España puso para casarse 23.500 $, compuestos por: 22.000 $ puestos en giro de comercio, en plata, géneros y efectos de Castilla y de la tierra con las dependencias a su favor en la compañía de su hermano don José María de Iriondo; 1000 más en un giro; un mulato esclavo criollo de Santiago del Estero nombrado Carlos de edad 20 años “que aunque prófugo tengo seguro de su captura y vale lo menos $300”; y 200$ “que es lo menos en que estimo mi decencia y plata labrada”. 

Malvinas y El Federal

El novel y efímero diario santafesino apoyó desde sus páginas la guerra comenzada el 2 de abril de 1982. Sin embargo fue sumamente crítico con las políticas neoliberales de la dictadura.

El diario El Federal, que se preparaba para aparecer en mayo de 1982, apuró su salida cuando se conoció la noticia del desembarco en las Islas Malvinas. No he podido hallar su colección, sin embargo sí algunos recortes sobre la guerra. De esa lectura fragmentaria surge este post, con algunas consideraciones.

El apoyo a la guerra fue claro. En los primeros días de mayo anunció la próxima salida de un suplemento especial al Soldado Argentino. Invitaba a sus lectores a enviar mensajes a los combatientes, ya que El Federal haría llegar 10.000 ejemplares para distribuirlos entre las tropas.

En esas islas lejanas, en el frío e inabarcable sur donde el mar se estrella contra la roca escarpada, en ese ámbito que es parte de la Patria, está él. Es un soldado. Piensa que su vida puede ser la ofrenda para mantener aquella provincia nuestra bajo la bandera azul y blanca, símbolo de nuestra soberanía. Piensa que tiene su ánimo fortalecido, porque madre, padre, hermanos, amigos, novia, compatriotas, tiene puestos los ojos en él. Piensa que está listo para rechazar las fuerzas usurpadoras, los brazos sanguinarios de ese reino que nada sabe de nosotros, ni de su padre, ni de su madre, ni de su novia.
Ese soldado que piensa así es un soldado argentino. Es joven, casi un niño. Pero sabe que vienen a quitarle lo suyo y se transforma en un hombre. Esas tierras son la Patria.

El 4 de mayo, cuando cumplía un mes de existencia, El Federal lleva en su tapa el título ALEVOSA AGRESIÓN para referirse al hundimiento del Crucero General Belgrano. En el pie, a manera de editorial indica que en ese primer mes de vida, a las 31 ediciones debían agregarse las ocho que se habían lanzado, todas las tardes, desde el 26 de abril. Remarcaba lo dramático de la hora que se estaba viviendo para un medio de comunicación que recién veía la luz y que ello había demostrado que el periodismo moderno era un servicio público. “No nos está dado elegir las noticias. Sólo difundirlas y acompañarlas con nuestras opiniones. En ellas tratamos de expresar y representar los sentimientos, las aspiraciones, las inquietudes del hombre y la mujer de nuestra tierra. Mientras seguimos en la tarea, en circunstancias en que la hora de cierre es a cada minuto, nuestro pensamiento y nuestro espíritu están puestos en los soldados de la Patria a quienes ha tocado la gloria de defenderla. No podemos sustituirlos. Sólo podemos acompañarlos y rogar por ellos”, culmina el breve editorial firmado por La Dirección de diario dirigido por Alfredo Barberis y cuyo jefe de redacción era César Jaroslavsky.

Un pequeño suelto en esa misma edición agradecía la catarata de mensajes para el Suplemento del Soldado Argentino y señalaba: “No más que por ser jóvenes argentinos quienes esgrimen en este momento las armas de la Patria para defenderla de la prepotencia extranjera, invitamos a seguir enviándonos esas cartas”.

Tres días después publica tres notas para tener en cuenta.



La primera de ella es ¿Nos damos cuenta los argentinos?, en el que se realiza un curioso análisis sobre la supuesta subestimación en que Estados Unidos tenía nuestro país. Dice El Federal que en lides diplomáticas, ese país no superaba las “transparentes variaciones del Reader’s Digest” y que había sido a partir de las dos guerras mundiales pero únicamente por la fuerza de su economía y poder militar que se había convertido en potencia hegemónica.

En el contexto de las amenazas nucleares para los países “de segunda”, continuaba, nuestro país había decidido “prescindir del status quo –o mejor dicho– situarlos correctamente en relación a quienes los establecían y optó por la acción directa”. Aprovechando una frase del Philip Marlowe de Raymond Chandler (“cuando el caso se vuelve tan sutil que hasta respirar es peligroso, lo mejor es meter una llave inglesa en la trama y hacer saltar el mecanismo”) concluye El Federal diciendo que el mecanismo había saltado, “sólo que esta vez quienes aprovecharon la lección fuimos nosotros. La cuestión es saber ahora qué hacer con los pedazos. Porque la historia recién comienza. ¿Nos damos cuenta los argentinos?”.

La segunda de estas notas, titulada En la paz como en la guerra y en la guerra…, es una interesante crítica a la política económica del ministro Roberto Alemann. Su reacción a la emergencia que vivía el país había sido tardía, y al revés. Las divisas estaban en fuga, siendo los especuladores “mucho más perspicaces y veloces” que el ministro. “Hasta las piedras sabían lo que pasaba. Pero el doctor Alemann dejó hacer. Y quinientos millones de dólares se esfumaron”.

En todos los tonos, a lo largo de estos años de neo-liberalismo, fue denunciado el achicamiento del país. El absurdo retorno a un planteo económico divorciado de la realidad argentina y mundial. Tan absurdo como las pretensiones colonialistas de los ingleses, contra las que han tenido que reaccionar las armas de la Patria. Contra las que hemos opuesto la vida de nuestros hijos.

En paz externa, pero con economía de guerra había estado viviendo el país durante los seis años anteriores, marca El Federal y enumera: desocupación, desmantelamiento de la estructura industrial, privatizaciones. Si lo hecho hasta allí había debilitado al país, en tiempos de guerra, decía, lo lógico sería fortalecerlo con reactivación industrial, devolviendo al salario su poder de compra, desalojando la especulación. Sin embargo, el plan de emergencia de Alemann se servía de la guerra “para aumentar la presión sobre el consumo, empobrecer más a los pobres y enriquecer más a los especuladores”. Mientras el ministro tomaba decisiones “que parecen dictadas por la gran banca internacional”, la guerra imponía “la nacionalización inmediata del manejo de todo el sistema crediticio para orientarlo precisamente al servicio de una economía que sea el sustento del esfuerzo bélico”.

La tercera nota, ¿Qué pasó? ¿Cómo se llegó a esto?, es el elogio a un artículo publicado por Ámbito Financiero y firmada por Ulises Gagliardo, en un sentido parecido al anterior.

Ante la evidencia de que era Inglaterra la que manejaba las importaciones y exportaciones del país, el articulista se preguntaba: “¿Cómo. Ahora resulta que después de 166 años de independencia, nuestra economía y el equilibrio de nuestro país dependen de los designios de una isla ubicada a 14.000 kms de distancia y nuestra soberanía de las veladas amenazas de un mediador no solicitado?

Soberanía también es el control total y absoluto de la economía, decía Gagliardo y suscribía El Federal, que agregaba: “Desde aquí hemos preguntado si los criterios económicos implementados desde la conducción del Palacio de Hacienda no sirvieron acaso más que la propia Royal Navi, a los designios británicos. Desde aquí hemos acusado a la conducción económica de haberse atrevido a confesar –Martínez de Hoz, noviembre de 1981– su adhesión al principios de la división internacional del trabajo, que reserva el desarrollo industrial a las grandes potencias y condena al resto del mundo a sobrevivir apenas en el marco de perimidos esquemas productivos tradicionales”.

Para El Federal, la solución a la repetición de la historia argentina, que en la emergencia de 1982 podía verse claramente en los condicionamientos que el esfuerzo bélico ponía a una economía que había estado puesta al servicio de quienes en ese momento eran nuestros agresores, estaba en que no fuera el pueblo, una vez más, quien soportara una nueva postergación.

Con muchos conflictos judiciales que formarán parte de otro post, El Federal sobrevivió apenas unos pocos años como matutino de la ciudad.

Un centenario radical


Se cumplen 100 años de que el radicalismo llegara a una gobernación por medio de los votos. Fue en Santa Fe, en épocas lejanas en las que ese partido generaba el temor de la clase política tradicional y el entusiasmo y adhesión de todo el pueblo. Hipólito Yrigoyen estuvo en la ciudad acompañando a los candidatos. Evocaciones años después.

En 1910 Ignacio Crespo, con 80 años y varios intentos fallidos llegó a la gobernación de Santa Fe.

El panorama político de la provincia estaba dominado por los mismos sectores de siempre, aunque desde hacía dos décadas un actor molesto rompía la calma. Eran los radicales, que en 1893 habían tomado el poder durante 21 días, y protagonizado otros alzamientos en ese año y en 1905 (Más sobre radicalismo revolucionario, acá, acá y acá). Luego, la abstención revolucionaria.

Pero en 1911 se produciría un hecho inédito de consecuencias imprevisibles para sus gestores y para quienes creían ser los absolutos protagonistas de la política local.

Crespo, a poco de asumir, fue declarado enemigo de una fracción del Partido Constitucional que lo había depositado en el gobierno. Los rebeldes trazaron una estrategia que, estimaban, terminaría devolviendo al ex gobernador Rodolfo Freyre al poder sin pasar por las urnas. Desalojado Crespo, y ante el fallecimiento del vice gobernador, Freyre, presidente del Senado, volvería al sillón de López. El post con más detalles sigue acá.

Lo cierto es que, intervenida la provincia, llegó el tiempo electoral.

La Unión Cívica Radical estaba rodeada, por aquellos días, en una aureola mística, construida trabajosamente tras 20 años de debate, denuncias, revoluciones y abstenciones.

La llegada de la intervención despertó las ansias de participación de los radicales santafesinos. El presidente se reunió varias veces con el líder de los radicales; incluso Roque Sáenz Peña le ofreció a Hipólito Yrigoyen integrar el gabinete, pero fue rechazado. El radical tenía exigencias intransigentes: modificación del padrón y ley electoral, medidas que necesitaban para implementarse de la intervención de todas las provincias. Esta última medida era demasiado extremista para el presidente, que sin embargo coincidió en las dos primeras.

En el marco de las promesas presidenciales es que los radicales santafesinos se lanzan de lleno a presionar sobre Yrigoyen primero y la Convención Nacional después. El 3 de mayo de 1911 una comisión del Comité Nacional de la UCR se reúne con el presidente. Sus demandas son tres: establecimiento del padrón militar, desmonte de la maquinaria electoral en la provincia y fin de la corrupción comicial.

Algunas semanas después, la Convención delibera en secreto. La resolución, recuerda que la abstención había sido decretada por estar “imposibilitada la acción de la opinión pública en el ejercicio del derecho electoral como medio de conseguir pacíficamente la reparación institucional”. Y que el presidente había señalado que le daba “a la cuestión de Santa Fe un carácter nacional, empezando así a hacer prácticas sus promesas de reparación institucional en lo que estaba empeñado, según manifestó, como Presidente y como caballero”. La resolución, amparada en la palabra de Sáenz Peña, fue autorizar a la Unión Cívica Radical de Santa Fe a concurrir a los comicios.

Tras varias deliberaciones, fueron nominados a los cargos de gobernador y vicegobernador Manuel Menchaca y Ricardo Caballero, quienes compitieron con los candidatos del Partido Constitucional, la Coalición y la Liga del Sur.

Una semana antes de las elecciones se realizó el acto de cierre de campaña de los radicales, que fue multitudinario para su época. Los sectores más conservadores de la ciudad miraban casi horrorizados pasar a las muchedumbres.

El tren que traía a Santa Fe a Hipólito Yrigoyen arribó a la Estación del Central Argentino a las 14.30. Maquinistas y foguistas adornaban sus cabezas con las tradicionales boinas blancas. Antes, al mediodía habían llegado a la Plaza España los primeros manifestantes. Cuando Yrigoyen apareció, ya se habían transformado en multitud.

La columna se puso en marcha, para llegar al punto central del acto, frente a la casa de gobierno, que estaba en construcción. El diario Santa Fe, que apoyaba moderadamente la candidatura de Menchaca, intentó calcular la asistencia. “Teníamos el propósito de contar a los manifestantes a su paso por nuestra imprenta. Confesamos que no nos fue posible porque las filas eran desiguales, formando en unas con 15 ó 20 personas, en otras con 5 ó 6. Hemos oído cifras que nos parecen exageradas, ya por lo bajas, o por lo altas. Esas cosas dependen, como se sabe, del cristal con que se miren”.

Los periodistas conjeturaron sobre cantidades de esta manera: “La manifestación, desfilando lentamente tardó 12 minutos en pasar frente a esta casa. Si se tratara de comparar diríamos también sin vacilación que la del domingo es la manifestación más numerosa que haya visto Santa Fe, al menos que nosotros recordemos”.

Nueva Época, decididamente opositor al radicalismo, escribió en sus páginas que la manifestación había sido pobre y que habían circulado unas hojitas impresas con expresiones groseras y de mal gusto.

Las elecciones se llevaron a cabo el 31 de marzo de 1912. Votaron alrededor de 70.000 personas, un 69% del padrón, cifra bastante significativa para la época. Excepto en los departamentos del Sur, el radicalismo ganó en todos los distritos. Los leales a Ignacio Crespo no obtuvieron ningún elector.

Aunque suele marcarse a estas elecciones como las primeras realizadas bajo el imperio de la llamada ley Sáenz Peña, sólo la relativa al padrón rigió este comicio. No era poco. 

Santa Fe fue el banco de pruebas de las promesas presidenciales de finalizar con la corrupción electoral. Superó con creces las expectativas, y causó sorpresas y arrepentimientos, especialmente las del gobierno nacional y del espectro conservador de todo el país.

Lo que hizo el radicalismo con esa oportunidad histórica, es otra historia.

El análisis de los diarios

Nueva Época, a poco de producida la elección, increpa al pueblo la decisión de llevar al radicalismo al poder. Dice textualmente: 

¿Cuál es la psicología de los pueblos que así abandonan a los hombres que representando una tendencia de opinión se han solidarizado con sus ideales y los han hecho prácticos y abonan con su vida pública la seguridad de sus compromisos? ¿Cuál es la conciencia colectiva de los pueblos, cuál la orientación que sigue en sus decisiones, qué concepto de sus conveniencias tienen adquirido?

El cuerpo electoral olvidó por esas eternas veleidades que sufren las muchedumbres sus fallos caprichosos a los hombres que encarnan su espíritu y sus aspiraciones. Los olvidó con notoria ingratitud.

La recriminación a ese pueblo que dio la espalda a los supuestos progresos y a la supuesta abnegación de los patricios santafesinos termina así: “Si esta es la justicia del pueblo, convengamos en que si existieran tribunales de apelación para ir contra tales fallos, nunca como en el caso presente podría iniciarse con abundante prueba la demanda”.

Pasadas casi tres décadas, en 1940, El Orden entrevistó a don Manuel Menchaca en un especial de varias páginas en el que se relatan con detalles algunos aspectos del levantamiento de la abstención.

Con las palabras de Menchaca, el diario construye un texto donde describe también a la ciudad del centenario.

Santa Fe de aquella época no era la ciudad pujante, dinámica, como es la ciudad de hoy, sino que por el contrario recién despertaba de su sueño colonial, y los hombres y las luchas políticas tenían por fuerza que parecerse mucho a la ciudad donde desarrollaban sus actividades.

Por ello el advenimiento de las nuevas fuerzas políticas debía por fuerza producir una intensa conmoción, una verdadera revolución de las tranquilas jornadas políticas de aquellos días, cuando la vieja oligarquía cumplía sus días finales, consumida por sus propios defectos y su incomprensión de la hora que le tocaba afrontar.

A la hora de hablar del pueblo, señala que “estaba preparado, en su ánimo para el cambio que vendría; aunque no tuviera demasiada conciencia para las formas que adoptaría el movimiento”.

La “rebelión” de los radicales santafesinos que finalmente lograron autorización para participar de las elecciones se produjo porque tenían “la llama de la conciencia del poderío propio, alentando, en medio del descreimiento general, a un puñado de hombres que iban a conducir al pueblo a su primera victoria auténtica”.

El gobierno de Menchaca fue resistido por el espectro tradicional de la provincia. El radicalismo santafesino no tardó en dividirse en múltiples facciones. Más adelante sería intendente de la ciudad y muchos de los radicales que lo acompañaron hace 100 años, serían parte de la Junta Renovadora en los años 40. Menchaca no. 

El golpe y los hombres comunes


Hace 35 años, se realizaban balances de los primeros 365 días del gobierno militar. Uno lo hizo Rodolfo Walsh, otro El Litoral.

El 24 de marzo de 1977 Rodolfo Walsh firmaba su Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar. Entre tantas otras cosas, decía sobre ese primer año: “Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror”.

Marcaba también que era en la política económica de la Junta donde debía buscarse la explicación de esos crímenes: “En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales”.

Bien diferente es el recuento de la situación que realizó El Litoral para la misma fecha. Ya habíamos dado cuenta de la mirada que ese diario tuvo en los días previos y posteriores al 24 de marzo de 1976. Un año después, reiteraba: “una cosa es el asalto al poder y otra muy distinta acceder a este como inexcusable respuesta a la emergencia del derrumbe constitucional con todas sus implicancias”. En el primer caso, se trataría de una usurpación; en el segundo de una “realidad histórica legitimante, que nutrirá moralmente tanto al hecho político desencadenado como a la empresa asumida por sus protagonistas”.

Estos protagonistas son llamados por el vespertino “los hombres comunes” que habían llegado al gobierno interpretando “la inquietud de los hombres, también comunes” que no estaban en el gobierno.

Ambos grupos de “hombres comunes” tenían en común “una vocación nacional restauradora” que buscaba “en el reencuentro con el estilo argentino, las claves del definitivo modelo democrático en lo político y lo social. Ambos enfrentaron, a su modo, la violencia y el caos. En un caso, con la acción que lleva al sacrificio último y total. En otros, con la definición que suscribe la legión de hombres y mujeres no violentos. Los que abrazan los caminos de la paz, la vida y la reconstrucción, porque aspiran primero a la inmortalidad para después morir”. Clarito.

El camino que se había abierto un año atrás no tenía plazos, dice el editorial. “Las etapas se quemarán por objetivos y no por vencimientos de plazos”.

En el cierre de pieza periodística, El Litoral marcaba:

Los hombres comunes que debieron responder a la emergencia nacional no sólo están en el gobierno. También en las bases largas y anchas del país, sumados al proceso, en el papel sin especulaciones de los que, lejos de resignar responsabilidades, las reclaman. En la comunidad solidaria de pensamiento y acción, sin espacios para el “velocista frívolo” o el “inmóvil tímido”, se encontrarán los rumbos ciertos de la reconstrucción institucional.

 
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