En épocas de crisis, la austeridad parece ser la ley. Al menos así lo proclamaba el diario Santa Fe en 1920. El lujo se había transformado en vicio, impulsado, como no, por las mujeres especialmente.
El lujo no era un mal sólo santafesino, decía el diario Santa Fe; sin embargo había adquirido ribetes tan graves en la ciudad, que el periódico se veía en la obligación de decir unas cuantas cosas e influir en un cambio de conducta, especialmente en las santafesinas.
El vicio del lujo comenzaba, según la observación del diario, en la infancia. “Sería difícil distinguir en infinidad de casos cuál es el niño del millonario y cuál el de un modesto oficinista. Sigue el vicio con tonos más marcados aún en la adolescencia, y basta contemplar el desfile de ropas las tardes por calle San Martín, o por la mañana al terminar las clases de los establecimientos de enseñanza para advertirlo sin esfuerzo”.
Lo peor, era que las niñas de clase media no sabían confeccionarse su propia ropa sin la ayuda de una modista.
“De la mujer, no hablemos al respecto”, porque es obvio que la economía doméstica se trastocaba por el lujo “hasta la provocación” del que hacían uso.
Y qué decir de las maestras:Ha llegado la malsana podredumbre hasta ciertas clases sociales que por mil razones debieran ser inmunes contra ella: nos referimos al magisterio femenino. La maestra de escuela se excede en sus hábitos.
La coquetería no debería desaparecer, asegura el Santa Fe, pero excederse comprometía no solo el buen ejemplo, sino también la reputación de la mujer en general, y de las maestras en particular.
Hay excepciones muy honrosas de modestia en el gremio; pero los lunares se destacan demasiado para no llamar la atención.
En plena crisis económica hemos visto a no pocas maestras arrancarse de la boca el pan diario para convertirlo en trapos y cintas.
Aunque no propone cómo, el diario sugiere “reprimir los desordenados instintos y ajustarse a normas de menos frivolidad y mayor tino”.
Acerca del lujo y la coquetería femenina
Publicado por Cintia Mignone en 15.11.09 Etiquetas: HistoriasA quién echarle la culpa
Publicado por Cintia Mignone en 30.10.09 Etiquetas: Ayer como hoy, La ciudad
Santa Fe es un infierno. 40º, alta humedad, viento norte y pésimo humor. ¿Quiere echarle la culpa a alguien? ¿Quiere nombres para las puteadas? Acá están.
Como es tradición ya en este blog, venimos a desmitificar algunos supuestos de nuestra historia. Mi abuelo, en días agobiantes como este, abría una ventana y decía: “Garay y la p…..”.
Pero no. El insulto sólo vale para los cayastaenses. Cuando se decidió que Santa Fe estuviera en este pozo, ya habían pasado más de 60 años de la muerte de Juan de Garay.
En abril de 1649 el Cabildo trató el petitorio que había presentado el procurador de la ciudad para la mudanza de la ciudad.
Tres fueron las razones principales: la “hostilidad de los indígenas de los alrededores”, “las frecuentes crecientes del río” y la ubicación desfavorable para el tránsito de carretas, indica Leoncio Gianello.
En 1650, finalmente, se comisionó a cinco personas para que buscaran sitio.
Redirija sus insultos: Lázaro del Pesso, Arias de Mansilla, Diego de Santuchos, Bernabé Sánchez y Jerónimo Rivarola dieron como ganador al “rincón de la estancia de Juan Lencinas”. Nuestra actual ciudad, la de los 40º, humedad, viento norte y mucho mal humor.
Parida por muchos argentinos, desde esta madrugada tenemos una nueva ley de Servicios Audiovisuales, enterrando, en medio de falsas polémicas y burdos intentos de manipulación, a la ley de la dictadura. A la televisión le faltaba bastante para nacer, la radio era un medio incipiente y Roberto Noble todavía no había pensado en el “toque de atención para la solución argentina de los problemas argentinos”. Y Santa Fe debatió sobre la ley de medios. Fue polémica, estuvo vigente apenas unos años, dada la avalancha de juicios que provocó. Y aunque esta ley sí llevaría al inexorable cierre de medios, nadie tituló “Ley control de medios I(riondo)”, pese a que un ministro que defendió la norma en la Legislatura se jactó de que las publicaciones pequeñas desaparecerían.
Era 1937, época del fraude electoral. Teníamos una legislatura bastante conservadora. Pero parece que la población no. Y los periodistas menos que menos. Lo que había que hacer entonces era controlarlos mejor de lo que se estaba controlando hasta ahí, con una ley de imprenta que ya tenía más de 60 años.
Entonces un diputado oficialista presenta el proyecto de una nueva ley, la que es defendida en el recinto por el ministro de Gobierno Severo Gómez.
El diputado Roqueta expone sus argumentos: una ley de imprenta servirá “para encarrilar desvíos”, decía según las transcripciones de los debates legislativos.
El gran problema, según Roqueta, era que los diarios podían ser “objeto de perturbación”, porque “la prensa invade la calle, los hogares y nadie puede sustraerse a su influjo”.
El debate, que se dio una madrugada, casi en secreto y sin público, es riquísimo. Hoy nos vamos a dedicar a un artículo que obligaba a los dueños de periódicos a tener un capital de $10.000 como garantía antes de abrirlos. Se necesitaba “solvencia económica” para que se pudiera hacer frente a posibles demandas.
Uno de los pocos opositores a la ley, el diputado Doldán, le señala al ministro Gómez que con esa restricción desaparecerían los pequeños diarios, especialmente los del interior de la provincia. Y sin ponerse colorado, el ministro dice que justamente esa era la idea: “La prensa debe ejercitarse en la práctica por medio de los grandes órganos de publicidad. Toda esa pequeña prensa, no puede llenar en la práctica la función social a que está destinada. No se puede ocultar que esas pequeñas publicaciones que pululan no ejercen el verdadero apostolado de la prensa. Esta es la verdad. Entonces, si esta disposición fuera en cierto modo restrictiva, bien venga la restricción”.
Y esto no es todo, el serverísimo ministro Gómez opina que las pequeñas publicaciones de las modestas poblaciones “no hacen ningún bien a las mismas, sino por el contrario, son casi siempre elementos de discordias en los pequeños pueblos”. Y fíjense con qué compara la situación, justamente el funcionario de un gobierno llegado al poder a través del fraude: “Sucede con los pequeños diarios lo mismo que pasa con los partidos minúsculos. Así como los partidos políticos son una rueda necesaria e indispensable en la democracia, los pequeños grupos partidarios no desempeñan ese papel, sino que se forman accidentalmente para obedecer muchas veces a intereses individuales. Y así como los grandes partidos son los que forman las grandes ruedas de la democracia, también los grandes diarios son los que tienen la responsabilidad material y moral para poder ejercer el apostolado de la prensa. Ninguna población podrá sentir la falta de un diario en su seno”.
Y para terminar, un sincericidio de Gómez: “Así como el electoralismo ha desnaturalizado el verdadero derecho representativo del gobierno, así también la mala prensa lejos de contribuir a esclarecer y a formar la opinión pública, la ha deformado muchas veces; y los desvíos de la prensa del camino de la razón y de la justicia han hecho que la opinión pública no desempeñe el papel que le toca actuar en los grandes movimientos de la democracia”.

Santa Fe tuvo dos experiencias legislativas alrededor de cómo regular los contenidos de la prensa. El debate alrededor de la primera de ellas.
Muy poco se ha difundido acerca de los intentos que tuvo Santa Fe a lo largo de su historia por “regular” la imprescindible libertad de prensa. Mucho menos acerca de las dos experiencias que transitó nuestra provincia cuando el ejercicio del periodismo estuvo efectivamente normado.
Desde el Estatuto Provisorio redactado por Estanislao López, las sucesivas constituciones tuvieron algo que decir sobre la libertad de prensa.
En la Santa Fe anárquica de 1819, cualquiera que “por su opinión pública” fuese “enemigo de la causa general de la América, o especial de la Provincia”, era equiparable a un deudor al fondo público o a un acusado por un crimen, incluso con semiplena prueba: en estos tres casos, la persona era castigada con la suspensión de las prerrogativas de ciudadano.
En la siguiente Constitución, dictada en 1841, la provincia se arrogaba el derecho de “ejercer libremente el poder sensorio (sic) por medio de la prensa”. Excepto la Constitución Provincial de 1856, mientras ya estaba vigente a nivel nacional el derecho de publicar las ideas por la prensa sin censura previa, todas nuestras cartas magnas reservaron a la Legislatura la atribución de dictar “leyes de imprenta” (1863, 1872, 1883, 1890, 1900, 1907, 1921, 1949, 1962).
Esa facultad fue utilizada en dos oportunidades: en 1876 y en 1937 Santa Fe tuvo polémicas leyes de prensa.
La felicidad de los pueblos
El ministro General de Gobierno Manuel Pizarro aseguró ante los diputados que no lo movía ningún interés al promover la primera ley de imprenta de Santa Fe.
Estaba ligado familiarmente al entonces ex gobernador y presencia política ineludible en aquellos días, Simón de Iriondo.
Pizarro se presentó insistentemente ante los legisladores para exigir la sanción de una ley de imprenta argumentando que la misma daría “felicidad al país” porque estaba llamada “a matar y extirpar para siempre el abuso y la licencia para afianzar más la posesión de la verdadera libertad”.
La ley del 2 de octubre de 1876 estableció que ciudadanos y periodistas eran libres de emitir por la prensa sus pensamientos u opiniones, pero con sujeción a las prescripciones por abuso de la libertad de imprenta.
Los delitos tipificados podían producirse en las publicaciones subversivas y sediciosas, que atentaran contra la Constitución, el decoro, el orden público, el culto católico y sus ministros; las obscenas e inmorales que ofendieran la decencia pública o las buenas costumbres.
Esta norma, hubiese sido la delicia de algunos actuales funcionarios. Calificaba de calumniosas a las publicaciones que imputaran a funcionarios públicos crímenes, delitos, excesos o faltas en el ejercicio de sus funciones que no resultaran comprobadas en juicio. Tanto la calumnia como la injuria se cometían, según los promotores de esta ley, “aunque se disfracen con sátiras, invectivas, alusiones, anagramas a nombres supuestos. Constituyen también delito de Imprenta toda caricatura, grabado o estampa obscena, inmoral, calumniosa o injuriosa, por la representación gráfica del pensamiento”.
Como si fuera poco, un capítulo de la ley se dedicó a establecer que las imprentas existentes a esa fecha y las que se instalaran en la provincia, debían inscribirse ante el Jefe de Policía. No hacerlo significaba la calidad de clandestina y se imponían fuertes multas que podían hacerse efectivas por la propia policía sin más trámite que la constancia de los hechos.
Durante más de 60 años rigió esta ley en la provincia, hasta que la versión santafesina del “fraude patriótico” tomó las riendas (Ver Habemus ley).
El próximo 2 de octubre se inicia el Seminario de Especialización en Investigación Periodística, bajo el título “Los documentos y testimonios como archivos de la memoria”. Fui convocada por los organizadores para estar presente el próximo 15 de octubre, para volcar algunas experiencias y propuestas alrededor de la historia del periodismo santafesino. A continuación, un artículo escrito hace algunos años, para el suplemento “Los que hicieron Santa Fe”, publicado por el diario El Litoral. Un breve resumen de una mirada a los periódicos santafesinos del siglo XIX
Paso fugaz
Aunque no fue el primer periódico, la Gaceta Federal fue la primera hoja impresa que conoció Santa Fe.
En un contexto de endeble edificación de la provincia, entre fines de 1819 y principios de 1820, las tropas de Francisco Ramírez acampan en Rosario. A los entrerrianos y artiguistas se incorpora el chileno José Miguel Carrera con su imprenta, que había funcionado como Imprenta Federal en Montevideo y luego, en 1819, ingresó a Entre Ríos.
Desde el cuartel federal santafesino, se imprimieron algunos números de la Gaceta.
Fue un fenómeno efímero y al haber sido tirada por una imprenta de guerra que perteneció a un ejército en movimiento, fue “entrerriana” cuando se agrupó con el ejército entrerriano y “santafesina” cuando éste avanzó sobre Santa Fe.
Con Carrera, la provincia conoció no sólo la imprenta (por vía militar), sino también un elemento de refuerzo de la guerra civil con la forma de papel impreso. Ni más ni menos que eso; pasaría por lo menos una década para que circulen otra vez hojas de publicidad y mucho tiempo más para que éstas tuvieran alguna regularidad.
El padre Castañeda batalla desde El Rincón
En 1823 la Junta Protectora de la Libertad de Imprenta inició en Buenos Aires un juicio contra el Fray Francisco de Paula Castañeda por la publicación de algunos artículos en La Verdad Desnuda, por lo que fue condenado a cuatro años de reclusión en Carmen de Patagones.
Acostumbrado al destierro, Castañeda se ocultó durante un tiempo y luego pasó a Montevideo, desde donde continuó con algunas publicaciones. Con posterioridad pasa a Santa Fe, instalándose en el Rincón de Antón Martín, donde con permiso del gobernador instaló una escuela y una iglesia.
Como era de esperarse, el fraile no se contentó con la enseñanza, por lo que empezó a cavilar nuevos periódicos. Así es que escribió a López solicitando su autorización y, aunque no hay noticias de se hayan publicado, Castañeda rastreó los restos de la imprenta de Carrera y el suizo Carlos de Saint Félix lo ayudó a reconstruirla.
En 1825, el cura redactó en Santa Fe los seis números de Derechos del Hombre o Discursos Históricos-Místico-Político-Crítico-Dogmáticos sobre los Principios del Derecho Político, pero los mandó a imprimir a la Universidad de Córdoba, por no contar la ciudad con imprenta.
Recién en 1828, cuando se reúne en la ciudad la Representación Nacional, habrá una imprenta disponible para que Castañeda pueda imprimir sus proclamas.
Entonces editó tres títulos que forman un periódico, según la categorización de Julio Moyano.
Vete Portugués que Aquí no es, apareció entre el 1º de junio y el 17 de setiembre de 1828, y su tópico principal fue la lucha contra los brasileños adueñados de la Banda Oriental. Con la firma de la polémica paz con Brasil, Castañeda varió el nombre de la publicación y el 11 de octubre, con el número 20 saca Ven Portugués que Aquí es. Culminó su existencia, con el número 30, el 17 de diciembre.
Pasaría menos de un mes hasta que se conociera el último de los periódicos santafesinos de Castañeda. La sublevación de Juan Lavalle y el fusilamiento de Manuel Dorrego fueron esta vez las excusas: el 21 de enero de 1829 apareció Buenos Aires Cautiva y la Nación Argentina Decapitada a Nombre y por Orden del Nuevo Catilina Don Juan Lavalle. El último número fue el 27 de mayo, siendo el postrero título del fraile de combate, que se trasladó a Paraná, donde murió en 1832.
La Representación Nacional, ¿para qué sirve una imprenta?
Con la asunción de Manuel Dorrego en la gobernación de Buenos Aires, se estableció la Representación Nacional en Santa Fe en julio de 1828. El diputado por aquella provincia, Vicente Anastasio Echevarría trajo consigo, encargado por el gobernador, una imprenta para el uso de la Convención. Junto a él llegó su administrador, Francisco Sagari.
Además de los periódicos de Castañeda, los diputados imprimieron al menos seis hojas, todas de corta duración, para pronunciar con ellas el acuerdo de las provincias para lograr el establecimiento de un congreso nacional federal.
La primera fue redactada por el diputado de la Banda Oriental Baldomero García. La hoja se llamó El Argentino y fueron nueve números tirados entre el 25 de mayo y el 10 de agosto de 1828.
Le siguió El Domingo 4 de Mayo en Buenos Aires, escrito por Echevarría y José Ugarteche, también diputado por la Banda Oriental. Fueron cinco números entre el 1º de junio y el 27 de julio.
Poco tiempo después, el 23 de agosto, García sacará El Espíritu de la Federación Republicana, del que se imprimieron sólo dos números.
Entre el 31 de octubre y el 17 de diciembre se tiraron los nueve números de El Satélite, redactado por Echevarría y Pedro Salvadores. Ya en 1829, entre el 26 de enero y el 19 de mayo, salieron los seis números de El Federal, del diputado García.
La convivencia por el tema de la imprenta, fue hasta entonces relativamente pacífica. Pero según las actas de la Representación, comenzó una discusión semántica acerca de la propiedad y el uso de la imprenta que, incluso, llevó a la cárcel al impresor Sagari.
También se discutió la necesidad de nombrar a un censor para velar por los contenidos de las publicaciones. Las controversias quedaron truncas al disolverse la Representación. En la última sesión, se fijó el destino de la imprenta, que debía volver a Buenos Aires. Afortunadamente, la disposición no se cumplió.
López necesita un periódico
Pese a que Buenos Aires reclamó la devolución de su imprenta, al asumir Juan Manuel de Rosas el gobierno, la cedió a Santa Fe.
Estanislao López crea con aquel aparato la Imprenta del Estado, desde el que vería la luz El Federal.
El riesgo ante el avance de la Liga Unitaria y las negociaciones entre las provincias litorales para la firma del Pacto Federal hicieron necesaria la aparición de un periódico.
En la ciudad se había quedado el antiguo administrador de la imprenta Francisco Sagari. El primer escriba de esta hoja fue el francés Guillermo Lacour.
El Federal apareció el 14 de noviembre de 1830, bajo el lema “Lex Populi, Lex Dei”. “Las circunstancias críticas en que hoy se hallan las provincias argentinas, más que nunca reclaman la publicación de unos periódicos que ilustren la opinión nacional, la patria lo demanda, la salud pública lo exige”, dice su primer número.
El periódico daría cuenta de los episodios anteriores a la firma del Pacto Federal, del texto del tratado, de la guerra con los unitarios, la captura de José María Paz y la disolución de su Liga, además de los documentos oficiales y algunas noticias locales y científicas.
Se conocieron además artículos destinados a sostener que “sólo el sistema de la federación puede garantir de un modo permanente la unión, independencia y libertad de las provincias argentinas”.
Ya con el Pacto Federal sellado y con él asegurada la defensa común de Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y pronto Corrientes, con Paz preso en Santa Fe y con López jefe indiscutido de la provincia e importante referente federal, ¿para qué más necesitaría el santafesino un periódico?
El Federal culminó su existencia entre mediados de 1831 y principios del año siguiente. La imprenta del Estado quedaría ociosa por casi 10 años: hasta el momento preciso en que la invasión del general Juan Lavalle a la provincia la sacudiera de su modorra para editar El Libertador.
Silencio de prensa
López gobernaba amplia y cómodamente sobre Santa Fe; no tenía necesidad de utilizar la imprenta que tenía a su disposición para emprender la tarea de hacerle sombra a Rosas, ni explotó al máximo la utilidad de los pocos escribas que tenía a su disposición.
El vacío de poder dejado por la muerte de López fue capitalizado por Rosas, que tampoco necesitó armar un aparto de prensa en Santa Fe, ni tampoco Juan Pablo Mascarilla López, al mando del gobierno tras una invasión de fuerzas entrerrianas y rosistas.
Los dos meses que duró la irrupción del ejército unitario al mando del general Lavalle en Santa Fe, entre el 25 de setiembre y el 16 de noviembre de 1840, permiten la aparición de otro periódico tirado en medio de una guerra, sin pretensiones de continuidad: El Libertador, fue apenas la carta de presentación del invasor ante los santafesinos. “¡Viva la Federación! ¡Muera Rosas!”, era la divisa.
Tras la retirada de Lavalle y con el regreso al gobierno de Mascarilla, algunos emigrados comenzaron a regresar lentamente a Santa Fe. Pascual Echagüe lo reemplazaría después de una derrota, en 1842.
Cuatro títulos para sostener a Rosas
El gobierno de Echagüe debió reordenar la provincia y disciplinarla nuevamente bajo el mando de Rosas, en una Santa Fe que se repoblaba de viejos emigrados y que sufriría pronto otra breve invasión de Juan Pablo López, que se seguía proclamando gobernador. Contó para ello con la Imprenta del Estado. Fue convocado desde Buenos Aires para dirigirla Olayo Meyer.
El Eco Santafesino hizo su aparición en junio de 1845. Era redactado por el oficial primero de gobierno Ruperto Pérez. En noviembre dejó de salir y poco más de un año después, el 27 de marzo de 1847, nace El Voto Santafesino.
Con motivo del cumpleaños de Rosas, se publica: “Felicitemos con íntima cordialidad por él a S.E. y nos congratulamos porque la Divina Providencia nos conserve aún al frente de nuestros destinos al más celoso y denodado Defensor de nuestra Libertad. Honor e Independencia Nacional Federal. El pueblo correspondió a su patriótica insinuación y al primer ¡Viva! que se oyó al Inmortal Rosas, contestó: ‘¡Sí, que viva eternamente! Porque su saber y sus virtudes son superiores a cuantas han pretendido dominarnos’”.
El 31 de marzo de 1848 dejó de aparecer, siguiéndole El Sudamericano, cuyo primer número salió el 16 de junio. Su lema era, por supuesto, “Viva la Confederación, Mueran los salvajes unitarios”. Su redactor fue Marcos Sastre, llegado a Santa Fe para dirigir el Colegio San Jerónimo.
El último de los títulos de Echagüe se llamó El Álbum Santafesino y lo redactó en sus primeros números Severo González, siendo reemplazado luego por Pedro Echagüe, preceptor de primeras letras. El primer ejemplar salió el setiembre de 1850 y se desconoce su fecha de desaparición.
Desde Santa Fe se emite La Voz de la Nación Argentina
El 1º de enero de 1853 La Voz de la Nación Argentina, cuyo redactor fue el presbítero Francisco Majesté.
“Sólo se publicarán aquellos remitidos que el Gobierno creyese útiles y convenientes, rechazando desde luego los que fuesen contrarios a la moral cristiana o a la marcha del Soberano Congreso, o del Directorio Nacional, o aquellos que directa o indirectamente atacasen a las personas en su vida privada. El Editor se limitará siempre en los artículos de fondo a desenvolver y explicar el pensamiento del gobierno nacional o provincial”, dice el primer número.
Los usos de la imprenta del Estado
En 1857, Juan Pablo López decidió junto a su ministro de gobierno Juan Francisco Seguí editar un periódico, El Chaco.
Atravesando difíciles momentos económicos, Lucio V. Mansilla llegó a Santa Fe. Se le ofreció la imprenta, papel, operarios y sueldo para que escribiera un diario que sostuviera la política de López. El contrato por el que se asumía como director de la Imprenta del Estado con el compromiso de editar El Chaco dos veces por semana, decía que debía “secundar con sus escritos la política del gobierno, sosteniendo las medidas de la administración”. Como editor responsable figuraba el prensista Juan Burki. Muy pronto Mansilla se cansó de la ciudad y entregó la imprenta a su antiguo director Olayo Meyer. El propio ministro Seguí se encargó de la dirección del periódico que comenzó a salir el marzo de 1858 bajo el nombre de El Pueblo.
El número del 6 de octubre señala: “Como se impondrán por la ley general del presupuesto de sueldos y gastos que se registra en la sección correspondiente, ha quedado reducido el personal de la imprenta a un oficial y dos aprendices, por cuya razón cesa desde este momento la publicación de ‘El Pueblo’”.
No pasaría sino un mes hasta que comenzar a publicarse El Patriota. Su lema era: “¡Defendemos la ley jurada! ¡Son traidores los que la combaten!”
El futuro poeta Olegario Andrade se hace cargo de la redacción y propiedad del periódico en virtud de un contrato firmado con el gobierno de la provincia, quien le entregó por un año la Imprenta del Estado a condición única de que publicara los documentos oficiales.
“Examinaremos uno por uno los elementos que ponga en juego la política y en nombre del porvenir y el engrandecimiento nacional, en nombre de sus sagrados intereses, apelaremos al buen sentido del Gobierno, si fuese necesario, llamándolo al terreno de la legalidad y el orden”, dice su programa. “Nos toca armar y educar al pueblo en la conciencia de sus deberes y el sentimiento de la ley. Nos toca predicarle el culto del trabajo como la creencia salvadora del bienestar y engrandecimiento nacional”, continúa.
“’El Patriota’ no es un periódico oficial”, aseguraba Andrade que, lo hubiera querido o no, se imprimía con un aparato del Estado, tenía al menos un sueldo de la provincia y recibía un subsidio del presidente. Su último número conocido es el número 154, del 23 de agosto de 1860.
Poco después y también con la colaboración de Andrade, apareció La Fraternidad.
Tras Pavón, Bartolomé Mitre designó gobernador provisorio a Domingo Crespo hacia fines de 1861. El 9 de diciembre comenzó a circular La Libertad, “Periódico Político, literario y comercial”.
En febrero del año siguiente fue nombrado gobernador Patricio Cullen, durante cuyo gobierno se editaron La Unión y La Verdad.
Del período de Nicasio Oroño se conoce la publicación de El Tiempo, aparecido en 1865. Salía tres veces por semana, al valor de un peso fuerte al mes. Publicaba documentos oficiales y avisos de la Lotería de Beneficencia. “Es un periódico utilísimo y casi no hay individuo que no deba tenerlo para no ignorar las disposiciones y medidas del gobierno que suelen resultar muy graves perjuicios en todo sentido”, dice un ejemplar de 1867.
La prensa de la nueva dinastía aldeana
Cuando en 1868, con Mariano Cabal, comienza la “era Iriondo”, aparece El Pueblo. En su portada, declara: “Este periódico publica los documentos de gobierno pero no es oficial”.
En la década de 1870 ya comienza a hacerse evidente la multiplicación de imprentas privadas y la simultaneidad en la aparición de periódicos, hasta aquí limitados a uno por vez. Sus propietarios comienzan a competir entre sí no tanto por captar lectores sino por ganar concursos de precios o licitaciones para la publicaciones de documentos provinciales o municipales.
El Fénix aparece en 1870 y La Unión Nacional, un año después.
En 1873 sale El Eco del Pueblo, propiedad de Luis Rueda, secretario del intendente de Santa Fe, quien casualmente ese año le gana a El Fénix el concurso de precios para imprimir documentos municipales. Durante sus primeros años, este “Órgano de la inmigración, comercial y político”, fue un periódico de la tarde. En 1875 era un matutino.
Una ley para domesticar a la prensa
La multiplicidad de periódicos privados, además de los tirados por la Imprenta del Estado, y la imposibilidad de ejercer un exhaustivo control gubernamental sobre ellos, sumado a la gran cantidad de publicaciones editadas en el resto del territorio provincial, llevaron a la necesidad de que durante el gobierno de Servando Bayo, el 2 de octubre de 1876, se dictara la primera ley de imprenta de la provincia.
La norma estableció parámetros para determinar los delitos de subversión y sedición, de obscenidad e inmoralidad, de calumnia, de injuria e instituyó como delito de imprenta a cualquier caricatura, grabado o estampa que fuera calumniosa o injuriosa por la representación gráfica del pensamiento.
La discusión legislativa, que contó con la presencia del ministro de Gobierno Manuel Pizarro, fue especialmente tensa cuando se debatió el curioso artículo 5º, por el cual toda persona propietaria de una imprenta o que deseara establecer una, debía poner en conocimiento del Jefe de Policía el nombre y apellido del Editor. El diputado Caballero opinó que la libertad de imprenta era una industria como cualquier otra “y tal vez la más importante de las industrias y si al comerciante, al almacenero y demás negociantes no se le imponía, ni debía imponérsele la obligación del aviso previo a la Policía de la apertura de su tráfico, con mucha menos razón debía imponérselo a la mejor industria que está llamada a controlar la acción de los gobiernos en los países regidos por instituciones democráticas”. Esta alocución fue replicada por el diputado Escalante que sostuvo la necesidad de este artículo para “asegurar la responsabilidad del delincuente”.
Ese año apareció El Santafesino. Allí trabajó el reconocido educador Domingo Silva. En 1880, este diario apoyó abiertamente la candidatura de Julio Argentino Roca a la presidencia con una divisa en su portada que lo nombraba como “su candidato”.
El sucesor impuesto por Iriondo después de su segunda gobernación fue su cuñado, el sacerdote Manuel María Zavalla, quien abandonó su cargo por enfermedad, aunque la muerte temprana del ex gobernador y la crisis desatada por la sucesión en el control de la política, lo devolvieron a su cargo.
En 1885 sale La Libertad, dirigido por Ulises Mosset y sostenido por el Club Constitucional. La feroz oposición de este periódico a la política de Zavalla se refleja en un editorial titulado “Gobernados por un idiota”. “No sabemos qué maldición tan terrible pesa sobre Santa Fe. Gobernados por un idiota. Por Dios que esto se hace ya insufrible! Rigiendo los destinos de una provincia altamente esquilmada ya, un fraile que debe ir pisando los umbrales de las puertas del manicomio”. En el número del 18 de enero aparece otra referencia: “Todo el mundo sabe que la salud del cura se halla quebrantada hasta el infinito, que no conserva memoria de sus actos ni se da cuenta de lo que pasa por su persona (…). ¿Cómo es pues que el cura sigue conservando en sus manos inhábiles las riendas del estado?”.
Aún en aquellos años la dependencia de la prensa hacia el estado era importante. Así lo denuncia La Libertad: “Conste que los periódicos ‘Los Principios’, ‘El Pueblo’, ‘El Corondino’, ‘El Mensagero’, ‘El Pueblo’ del Rosario, ‘La Opinión Pública’ y ‘Los Tiempos’ de Buenos Aires están subvencionados por el gobierno de Santa Fe, unos directamente y a otros pagándoseles un regular número de ejemplares para las oficinas públicas. No es envalde el servilismo!”
Uno de los denunciados, Los Principios, que salió también en 1885, tenía la siguiente inscripción en su portada: “Candidato de ‘Los Principios’: Dr. Bernardo de Irigoyen para presidencia. Dr. José Gálvez para gobernador. Severo González para vice”.
Nace una Nueva Época
A poco más de un mes de la asunción en la gobernación de José Gálvez, David Peña funda Nueva Época, un diario que sobrevivió durante más de medio siglo.
También en 1886 aparecen El Tribuno y La Revolución que, con la pluma de Domingo Silva continuó con la línea de Los Principios.
Acorde a los tiempos políticos que vivía el país, en 1890 aparece Unión Cívica, cuyos colaboradores eran Gerónimo Cello, José A. Gómez y Gregorio Romero. Con redacción anónima y la administración de Bartolomé Leiva sale en 1891 el “Diario de la mañana” El Independiente.
En el final de siglo, se produce una especie de explosión en la cantidad y orígenes de los periódicos santafesinos, muchos de ellos de corta duración. Se hace cada vez más evidente la aparición de diarios sostenidos abiertamente por facciones políticas.
En el convulsionado fin de siglo XIX los diarios y periodistas santafesinos, muchos de ellos militantes políticos, son testigos de la revolución radical de 1893. Durante aquel “gobierno de los 21 días”, Nueva Época, tras el arresto de su director, decidió autoclausurarse momentáneamente.
Tras el breve interregno radical, el candidato opositor a Luciano Leiva, José Bernardo Iturraspe, funda junto a Domingo Silva el diario Unión Provincial, idéntico título al partido que los sostenía. Pese a la derrota de Iturraspe, sobrevivió hasta 1905, ya que fue electo en el siguiente período.
Otros periódicos nacidos en esos años fueron El Globo y El Pensamiento (1895), El Litoral y La Provincia (1896), este último también sostenido políticamente por Iturraspe y con la colaboración de Martín Rodríguez Galisteo, Manuel Cervera y Ulises Mosset.
Un siglo de historia impresa
A fines del siglo XIX, el pretendido circuito periodístico-comercial no tenía chances aún de funcionar aún por distintos factores: baja alfabetización, otras ofertas que, debido a la combinación del primer factor con la posible “competencia” (en realidad, simultaneidad en la aparición de al menos dos periódicos), no alcanzaban para repartir suscriptores interesados en leer y ejercer el acto de comprar un diario. Quedaba entonces la posibilidad del ingreso de dinero vía Estado.
Esto último implica si no la pérdida total de independencia una gran parte de ella, en el sentido de atar la pluma del editor en sus posibles “críticas” hacia sus jefes (el Estado, a quien le prestaba un servicio y que, tal vez, podía quitarle ese ingreso seguro que obtenía a partir de él).

A propósito del fallo de la Corte sobre el consumo de marihuana, dejo por aquí un artículo encontrado acerca de los consumidores de cocaína, muy popular en los años 20. Reflexiones de un diario santafesino alrededor de los dolores del alma, la vida agitada de los hombres, y la rudimentaria de las mujeres.
En marzo de 1920 la “Sección Amena” del diario Santa Fe dedicó algunas líneas a intentar desmenuzar por qué las personas tomaban cocaína. “Yo no la conozco”, escribió quien firmó el artículo, Ramón Gómez de la Serna. “Pero si yo fuese tan exquisito que me diese a ella, siempre me parecería que tomaba un producto de farmacia contra el dolor de muelas”. Por eso, el autor no comprende cómo quienes no tienen ese tipo de malestar, la prueban. Si al menos, dice, dijesen “¡Qué dolor de muelas tengo en el alma!”…
Aquellos años parecen haber sido complicados, y había que calmarse: “Hay que anestesiar esta vida complicada siempre y un poco maldita. Ya que no se come, ni se cancelan nunca las trampas, hay que tomar cocaína”.
Esta es la breve descripción de aquella vida de los años 20, a decir del articulista: “se caracteriza ahora la vida por una gran desafección. Todo vínculo está disuelto, y hay una gran sensación de indiferencia y soledad en quien no haya conservado algún afecto del pasado. No hay constancia ni consecuencia, y aunque nadie quiere llorar su mal sentimental, el vacío, la desazón, el aislamiento impulsan al sustitutivo”.
Más terrible era la situación de las mujeres. Estaban “muy cumplimentadas”; esto es: tenían su vida solucionada, pero no su alma (“por muy rudimentaria que ésta sea”), “tanto que, aunque siempre está un poco dormida y aletargada en ellas, necesitan recurrir a la cocaína”.
Atención a esta reflexión: “Como la mujer tiene el corazón prendido con alfileres, fácilmente se le escapa y se le desprende dentro de la caja toráxica, y por más que se la mueva, ya es imposible volverlas a poner en marcha. La cocaína por eso mata a alguna, y entonces esa delata a todas las otras, y la policía hace registros domiciliarios y prende a una de esas opulentas especuladoras que tenía la despensa llena de frascos de cocaína, como si fuese el pedido del mes a la tienda de ultramarinos”.
Para finalizar, Gómez de la Serna aconseja:No hay que ser cocainista, no sólo por todo lo dicho y porque hay que ver a doña Cocaína qué monstruosa es y qué grave sino porque se es, desde el momento que se abusa de la cocaína, un “caso patológico”, y no hay cosa más detestable que entrar por la puerta patológica. ¿Podríamos oír con tranquilidad que de todos lados nos llamasen, con razón, “¡Patológico!”… “¡Patológico!”…
Todos unidos contra el fútbol de Santa Fe
Publicado por Cintia Mignone en 8.8.09 Etiquetas: Cosas para ver, Historias, Periodismo
Mientras se discute cómo hacer para que el fútbol vuelva, los jugadores cobren, y el negocio continúe, una disputa entre la Liga Santafesina de Fútbol y los medios de la ciudad, que entonces no eran los dueños de la pelota.
En abril y mayo de 1925 se produjo un interesante caso en el que los propietarios de medios de la ciudad decidieron en conjunto abroquelarse contra la “Liga Santafecina de Football” y sus clubes afiliados.
Por entonces había dos ligas, y en aquellos días se procuraba su unificación. Simultáneamente, en algunos partidos se habían suscitado incidentes que fueron informados por todos los diarios de Santa Fe.
Un delegado de uno de los clubes fue “desconsiderado e insolente” con un cronista deportivo. Como no quisieron adoptar el camino del duelo, el círculo de la prensa decidió enviar una nota a la dirigencia de la Liga señalando que mientras no se ofreciera “legítima satisfacción” no se informaría acerca de las resoluciones adoptadas por la entidad. Sin embargo, sin darse por enterada, la liga seguía enviando información.
En esa agrupación, militaban los clubes Colón, Brown, Gimnasia y Esgrima, 9 de julio, Instituto, Ferrocarril Santa Fe, Independiente, Central Argentino y otros clubes de divisiones inferiores. El diario Santa Fe les pedía que se abstuvieran de enviar resoluciones, pues no serían publicadas.
La cosa continuó su evolución, al punto que el 12 de mayo los señores Salvador Espinosa, Antonio Juliá Tolrá, Pedro Alejandro Víttori y Carlos Doce, representantes respectivamente de los diarios Santa Fe, Nueva Época, El Litoral y El Imparcial, se reunieron y emitieron una declaración en la que señalaban:Que las entidades deportivas están obligadas a dar pruebas de cultura en sus relaciones generales. Que la prensa local ha sido siempre complaciente y atenta con todas las instituciones deportivas interesándose por el desarrollo de la cultura física (…). Que se hace necesario garantizar en el desempeño de su misión al periodista, sea grande o pequeña su jerarquía. Que la prensa da siempre mucho más de lo que recibe y que buena prueba de ello es el incremento del Foot Ball local, al cual han contribuido, con absoluto desinterés, los diarios locales.
Reiterando la medida del Círculo de la Prensa, los directores de los cuatro diarios de Santa Fe resolvieron no dar lugar en sus columnas a ninguna actividad deportiva de la Liga y sus clubes, solicitando además la solidaridad de los agentes y corresponsales de los diarios.
La liga respondió que buscaba “terminar de una vez por todas con esta situación molesta” y resolvió declarar que no había habido agravio alguno. Reconocía sin embargo la cooperación en la difusión de sus actividades y señalaba que no podía hacer nada con las opiniones personales de los delegados que integraran la entidad, puesto que esta no se había solidarizado con esas opiniones.
Los cuatro directores decidieron no aceptar por insuficientes las explicaciones. Esperaban una retractación pública. Pero una semana después, el frente de los propietarios se quebró, ya que Víttori hizo gestiones por su cuenta, logrando su “satisfacción” y dejó al resto a la deriva.
Llambías se refería al abuelo de José Alfredo Martínez de Hoz, y no al ministro de Economía de la última dictadura. Menos mal. Porque el fundador de la Sociedad Rural sí que fue un patriota…
El fundador de la Sociedad Rural Argentina, José Martínez de Hoz presidió la patronal agropecuaria hasta 1870. La entidad financió algunos años después parte de la “campaña del desierto” comandada por Julio Argentino Roca. Los premios fueron muchos y jugosos. Martínez de Hoz, por ejemplo, recibió 2.500.000 de hectáreas en la Patagonia, que pobló de vaquitas para hacer patria, como le gusta pensar a los boludos alegres (la expresión es de un amigo…).
Otro Martínez de Hoz, seis décadas antes, tuvo una actuación similarmente patriótica.
En ocasión de la segunda invasión inglesa, la ciudad de Buenos Aires juró lealtad al monarca inglés. La cita que sigue pertenece a "Argentinos I", de Jorge Lanata:El 28 de junio de 1806 el gobernador de Buenos Aires, William Carr Beresford, comenzó sus 46 días de gestión inglesa: hizo jurar fidelidad a Su Majestad Británica a todos los funcionarios y miembros de las comunidades religiosas (la de los betlehemitas se negó a hacerlo) y a cincuenta y ocho civiles, miembros de la “parte sana” de la ciudad.
José Martínez de Hoz asistió a la jura y fue nombrado administrador de la aduana inglesa. Manuel Belgrano, funcionario del Consulado, viajó a su campo de Mercedes, en la Banda Oriental, para no verse obligado a jurar. Liniers, olvidado en Barragán por los invasores, también eludió el forzado compromiso de lealtad”.
Así se hace patria, carajo!!!
Otro clientelismo electoral
Publicado por Cintia Mignone en 14.7.09 Etiquetas: Ayer como hoy, Nuestros políticos
Se popularizó como el chori y el vino, aunque luego se sofisticó: planes de trabajo, electrodomésticos, y parece que ahora también garrafas de gas. Pero en Santa Fe el clientelismo electoral llegó de la mano de las naranjas.
En 1893, era mucho más barato para los políticos obtener votos, o torcer voluntades. El primer sondeo electoral se podía percibir en la inscripción a los padrones de los votantes. En eso andaban los partidos en diciembre de ese año, agitado por dos revoluciones radicales, en el que se iban a enfrentar Luciano Leiva y Marcos Paz.
La candidatura de este último estaba auspiciada por el diario Unión Provincial, que publicó un suelto titulado “Las naranjas en suba”.
“Con motivo de estar próximo el domingo de inscripción, esta fruta se vende en nuestro mercado público a un precio que no está en relación con su importancia. El por qué de esta suba se explica claramente.
“Algunos conspicuos del partido (y bien partido) leivista han sido comisionados para adquirir, como en otros domingos, todas las naranjas que haya en plaza para dar con ellas un banquete a los amigos desconocidos que deben llegarles (de Rincón y Entre Ríos) porque no quieren que les pase lo del domingo pasado, que hubo muchos infelices que tuvieron que volverse al Paraná sin almorzar por culpa de la mal entendida economía”.
A los futuros integrantes del padrón electoral les convenía tener la panza llena y por entonces ese cítrico estaba a la orden del día.
Aparentemente, el encargado de preparar el “almuerzo” había comprado solamente seis docenas de naranjas, cuando el partido le había dado dinero suficiente para conseguir hasta siete u ocho.
El diario culmina su noticia: “Ya saben pues los que vengan de Entre Ríos, Corrientes o de otros puntos a inscribirse con las huestes del leivismo que deben reclamar del proveedor galvo-leivista las naranjas y el precio de boleta. No se dejen explotar, pues.”
La gripe de hace más de 60 años
Publicado por Cintia Mignone en 6.7.09 Etiquetas: Ayer como hoy, Cosas para ver, Historias
El diario El Orden calificó como epidemia al avance de la “grippe” en la ciudad en 1933. Exigió la clausura de escuelas y otros lugares públicos. Cinco años después, El Litoral entrevistó a un “discípulo de Hipócrates” que reveló que la gripe había matado en 1918 a más personas que la Primera Guerra Mundial. Consejos de 1938 para evitar el contagio y las recaídas.
En agosto de 1933 la “grippe”, sin adjetivos pero con dos “p”, había obligado al Consejo de Educación a la clausura de algunas escuelas. El diario El Orden exigía a las autoridades el cierre de todos los establecimientos y de algunos más, pese a la oposición de los médicos a tal medida.
Las aulas ya estaban vacías, pero por ausencia de alumnos afectados de “grippe”. “Se expone a los maestros y a los pocos alumnos que aún concurren, a inútiles y graves complicaciones”, marcó el periódico.
“El mal tiempo reinante, las características con que se presenta la grippe, la cantidad de enfermos y los inconvenientes del tránsito de personas afectadas por la enfermedad y que deben a toda costa concurrir a sus ocupaciones, son factores que debieran decidir de una vez a determinar la clausura de las escuelas por un tiempo prudencial. Deben comprender las autoridades escolares, que se trata de evitar la epidemia, no de clausurar las escuelas una vez que esté declarada con mayor intensidad”, señalaba.
En otro artículo, El Orden advertía que este remedio sería “relativo si la autoridad sanitaria no reclama el cierre temporario de otros locales de concurrencia”.
“Tanto en las poblaciones rurales como en las ciudades, más favorable es para la propagación del mal la concentración de niños, hombres y mujeres con motivo de actos y ceremonias de carácter público. Poco se conseguirá, por lo tanto, evitando la asistencia de los escolares a sus respectivas escuelas, si por el hecho de contar con algunos días de asueto los mismos son concurrentes obligados a otros sitios. Llamamos en este sentido la atención del Consejo de Higiene. Si las normas no se generalizan en su aplicación, la clausura de las escuelas será innecesaria, o por lo menos intervendrá en la no propagación de la epidemia, como un valor demasiado relativo”, era la reflexión.
La gripe vista por un médico en 1938
El diario El Litoral publicó en agosto de 1938 un artículo firmado por Federico Quevedo Hijosa. Se trata de una entrevista realizada a un “médico porteño” de quien no se informa el nombre.
Por entonces, se había extendido la gripe por el interior del país. Advertía el “discípulo de Hipócrates” que la enfermedad “se exalta en lugares de aglomeración humana”. El periodista reflexionaba: “Es frecuente tropezar en calles, teatros, asambleas, etc. con personas que tosen y estornudan y lagrimean hasta la desesperación. Siembran microbios. Lo hacen inconscientemente, con alarde despreocupación. Ninguna de estas personas resignaríanse a llevar parásitos visibles, pero bacilos de Pfeiffer…”
El médico señalaba, además, que en 1918 la gripe maligna había causado más víctimas que la guerra: unos 20 millones de muertes.
Dejo a consideración de mis amigos médicos la entrevista completa:El recrudecimiento de la gripe
Una nueva ráfaga gripal se ha extendido por el interior de la república. Es que, según afirman muchos facultativos, a diferencia de otras afecciones, la gripe no inmuniza. Las anormalidades de temperatura favorecen su desarrollo, en asocio, desde luego, con una higiene deficiente, el desarreglo de las costumbres e imprudencias que cometen quienes se despreocupan de la salud.
¿Se va y vuelve?
A fines del verano se tuvo el presentimiento de este retorno del microbio de Pfeiffer. En realidad, la dolencia ha adquirido en nuestro país carácter endémico. La tenemos permanentemente en casa. En otro tiempo nos llega de fuera: bien por el lado del Atlántico, como la racha maligna que siguió a la guerra europea; bien por el Pacífico, donde no la detenía la barrera andina.
Ya dentro de fronteras reaparece, unas veces, con los cambios de estación, y otras, bajo la acción de fríos intensos. Se ha de persistir en los cuidados elementales de conocimiento familiar. Nadie ignora de qué modo se debe atender a un griposo.
Lo que dice un higienista
El cronista ha tenido ocasión de conversar con un especialista porteño a propósito de la epidemia propagada en algunas zonas de la república.
—Habíamos previsto —nos dijo— el recrudecimiento gripal. El riguroso frío de julio se atenuó en el curso de agosto. Ascendió tanto la columna mercurial que hasta nos parecía haberse adelantado el verano, aún distante. Después, brusco descenso de temperatura en coincidencia con violentos temporales de nieve en la Cordillera. Quizás ya no tengamos días invernizos como los pasados, pero será menester precaverse, sin embargo.
—¿La facilidad de contagio, doctor?
—Considerable. Como sucede con todas las enfermedades epidémicas la gripe se exalta en lugares de aglomeración humana. La defensa individual o preservación ha de considerar que el germen patógeno elige como asiento la boca, cuya mucosa es el sitio predilecto de muchos micro-organismos. La mucosa nasal exige así una gran higiene. Se ha popularizado este hecho: las partículas de saliva, en los enfermos que estornudan o tosen, llevan el microbio a las personas que los rodean e infectan el ambiente.
—¿Existe predisposición del organismo?
—Sin duda. La gripe requiere terreno propicio. Entonces se presenta casi de improviso, sin incubaciones. El período crítico dura 24 horas: fiebre, dolor de cabeza, catarro de las mucosas. De todos los síntomas el más caracterizado es la ASTENIA o envaramiento. Si la temperatura sube puede alcanzar los 40 grados y todavía más, con coriza, bronquitis, expectoración. La evolución de la enfermedad se cumple en dos o tres días.
Las recaídas
Nuestro entrevistado y todos los médicos insisten ante sus enfermos y familiares en sus recomendaciones: “Cuidado con las recaídas”. Son innumerables los individuos que desafían el peligro. Se es más hombre n teniendo miedo a la muerte. Hasta que el mal prende y se hace irreparable. Dan más trabajo al facultativo los enfermos que las enfermedades. Enemiga eterna es la ignorancia.
Es frecuente tropezar en calles, teatros, asambleas, etc. con personas que tosen y estornudan y lagrimean hasta la desesperación. Siembran microbios. Lo hacen inconscientemente, con alarde despreocupación. Ninguna de estas personas resignaríanse a llevar parásitos visibles, pero bacilos de Pfeiffer…
—Una gripe atendida a tiempo y convenientemente no es nada; apenas simple malestar pasajero; las recaídas, en cambio, suelen resultar funestas.
Curvas
El médico de nuestro reportaje añadió:
—En 1918 la gripe maligna causó más víctimas que la guerra, pues costó veinte millones de vidas.
El cronista, que pertenece al vulgo profano, preguntó al facultativo:
—Son periódicas las ráfagas de gripe?
—Sí —contestó el higienista—. La marcha de la gripe en el mundo a través del tiempo presenta curvas que dejan ver los períodos benignos y las acentuaciones malignas, éstas en menor escala y dependiendo de circunstancias y factores no estudiados del todo.
—¿Cómo las manchas solares, las inundaciones, los terremotos…?
—Efectivamente. Accidentes de la vida universal. Acaso accidentes no, sino por el contrario, condiciones de armonía general. La Naturaleza es previsora, persigue finalidades que no hemos conseguido penetrar.
Higiene práctica
Cedo la palabra al discípulo de Hipócrates:
—Ha de extremarse la higiene con los enfermos de gripe. A veces es de extraordinaria violencia el catarro rinofaríngeo, produciéndose en unos casos angina y en otros, otitis. El mayor riesgo de vida ocurre con las complicaciones de la bronconeumonía. La convalecencia suele ser engañosa. He atendido enfermos que a pesar de pasar dos días sin fiebre y permanecer en cama, una vez levantados la temperatura volvió a ellos marcando 40 grados, y lo que era peor, afecciones pulmonares. No hay madrecita que ignore de qué modo se ha de curar a los niños atacados de gripe. Es ésta la lucha de todos los años. Desinfección de mucosas nasal y bucal, gárgaras a base de eucaliptos y gomenol, ingestión de algún antitérmico, baños tibios, el purgante de ritual y, sobre todo, cama y dieta. Conviene dar al enfermo líquido abundante en forma de naranjadas, leche, infusiones aromáticas.
—¿Y las ventosas tan al gusto de las madres?
—Cuando se nota disnea, esto es dificultad para respirar. Pero lo urgente es entonces llamar al médico. No se ha de perder tiempo con los remedios caseros.
Y el buen doctor terminó con estas advertencias:
—La gripe es una enfermedad que deja muchas veces el organismo por ella atacado en estado precario de defensa general: debilitamiento, inapetencia, marasco, lo cual predispone para padecimientos más graves. Los cambios de estación —como lo atestigua la unanimidad de los facultativos— favorecen el desarrollo de endemias infecto-contagiosas. No porque vaya atenuándose el frío en el correr de los días se crea que habrá que desentenderse de los riesgos a que se halla expuesta la salud. La vida es frágil.

