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Delincuentes importados

Santa Fe tuvo un tiempo de tranquilidad: la miseria de la ciudad no la hacían atractiva a los robos. Hasta que la acción de la policía de otras provincias expulsaron a los ladrones que encontraron refugio aquí. Y se quedaron.

En 1888, el diario Los Principios analizaba el clima de inseguridad que vivía nuestra ciudad.

“Tiempo hacía que en nuestra tranquila ciudad no se oía hablar de robos, ni ladrones”, afirmaba; no se robaba en Santa Fe porque no había qué robar, aseguraba Los Principios. “Parecía, y bien podría asegurarse, que dichos señores despreciaban este centro de acción, por su pobreza legendaria”, pero las cosas habían cambiado, seguramente porque estaban siendo “vencidos por la fuerza sin cuartel que les han declarado las Policías de Buenos Aires y Montevideo”.

Y ahora estaban en Santa Fe. “Una regular cuadrilla ha llegado en días anteriores; la policía los conoce, y no les pierde la pista; sin embargo no han dejado de tentar algunos golpes, que felizmente, les han salido frustrados”, informaba.

Y daba algunos detalles de los intentos de atraco. A las horas de la noche de un viernes, una persona sintió grandes golpes en las azoteas de su habitación. “Intrigado, y queriendo saber qué o quien los producía, se asomó al patio, pudiendo distinguir, desde allí, que un individuo trabajaba tranquilamente, en horadar el techo. Cuanto vio que lo observaban, salvó las casas vecinas, y … no se supo quien era”.

A la noche siguiente, sucedió lo mismo.

Por un ruido cualquiera que se hizo, fugaron para volver en la noche del domingo, a la una de la madrugada, pero no ya a la misma casa, sino a la de al lado, donde habita una familia cuyo jefe en esos momentos se hallaba ausente. El susto que las habitantes de la casa tenían, puede imaginárselo el lector, al saber que a pesar de todo lo que hacían, los escombros del techo caían sobre el cielo-raso, amenazando romperlo de un momento a otro. Felizmente, a una de las personas se le ocurrió dar un golpe a una puerta, pudiendo de ese modo, ahuyentar a los nocturnos trabajadores.

Haciendo gala de una inteligencia descomunal, Los Principios afirma: “El objeto que tales individuos se proponen nos es difícil imaginarlo, y a la Policía corresponde indagar quienes son los autores, para de ese modo saber lo que de noche quieren en tejado ajeno”.

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