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Terror fingido y autodefensa: Los fantasmas de la crisis

Las centrales obreras del país y la provincia buscan acuerdos para evitar que la crisis internacional sea absorbida únicamente por los trabajadores, como sucedió en épocas lejanas y no tanto. Otra crisis, la que produjo la finalización de la primera guerra mundial, tuvo en Argentina como víctimas a los asalariados y fueron varios los emergentes sociales que también en Santa Fe salieron a pelear, unos contra la crisis, otros por el status quo.
Publicado en la edición de abril de la revista Entre Líneas .

En la historia del movimiento obrero argentino, la Semana Trágica marcó el inicio de una tradición: palos y balas para los trabajadores.

Aquella huelga en los talleres Vasena, en diciembre de 1918 y enero de 1919 fueron también la punta de lanza del nacimiento de las fuerzas parapoliciales en Argentina, con el surgimiento de la Liga Patriótica. Santa Fe no estuvo ajena a estos acontecimientos.

En los primeros días de enero, la huelga de municipales se instala en Rosario. Con el transcurrir de las horas la ciudad de Santa Fe y el resto de la provincia adhieren al movimiento en solidaridad con los acontecimientos que se vivían en Capital Federal. Aunque con una particularidad: el uso del telégrafo nacional había sido suspendido para los periódicos y eran escasas las noticias que se recibían. Sin embargo, marítimos y ferroviarios paralizaron sus tareas y obligaron al acuartelamiento de la policía local.

La reciente revolución rusa y la cada vez mayor visibilidad del anarquismo dieron paso a un sinnúmero de especulaciones y profecías en algunos casos disparatadas, pero que fueron el sustrato del que se alimentó un sector que pugnaba por volver a adueñarse del poder real en el país. José Luis Romero señala que entonces hubo un “terror auténtico” y un “terror fingido” en las clases poseedoras.

El diario Nueva Época ya llevaba tres décadas de publicación en la ciudad. Se había caracterizado por ser el portavoz de la tradición, la aristocracia y el orden en Santa Fe. Continuando con esta herencia, especialmente por la impronta de uno de sus directores, Gustavo Martínez Zuviría, enero de 1919 fue un mes pródigo en la exacerbación de los fantasmas del caos social.

Acérrimo opositor al radicalismo, pero mucho más aún al socialismo, anarquismo, comunismo y cualquier otra expresión “ajena a nuestra nacionalidad”, el periódico emprendió una campaña contra obreros agremiados.

Arengando mucho más que informando, dedica varias ediciones a analizar el peligro que entrañaban los trabajadores influidos por el anarquismo o el socialismo, a quienes separaba “una débil línea divisoria”. Por ello fue el vocero del Comité Argentino Pro-Nacionalista en Santa Fe. Entre sus integrantes se encontraban apellidos de políticos tradicionales y empresarios, incluyendo especialmente a los de los sectores en conflicto.

Marcaba que se constituía a raíz de “los hechos sangrientos y vandálicos que son del dominio público”; se refería, claro está, a los provocados por los trabajadores en huelga y no por la policía. La agrupación declara como intención “propender al mantenimiento del orden social” y declaraba su “sincera y respetuosa simpatía” hacia los movimientos proletarios, siempre que se inspiraran en el mejoramiento de su condición social y económica. En línea con este discurso, Nueva Época publicó una breve crónica de un paseo por el puerto, donde se describe que los obreros “pasan el tiempo escuchando las palabras de aliento de los agitadores que apelan a toda su verborragia para sostener en el engaño a los buenos trabajadores a quienes se arrastra a jugar con el hambre de sus hijos”.

El Comité Pro Nacionalidad, señalaba el manifiesto, no iba a tolerar “la intervención de elementos anárquicos y disolventes que tienden a subvertir el orden proclamando la huelga revolucionaria y atentando a las instituciones más sagradas del país, sembrando así la zozobra en los hogares argentinos que ya pobres o ricos, humildes o encumbrados, los asiste en derecho inalienable de velar por el orden, el progreso y la estabilidad de las autoridades constituidas”.

Para ello, el Comité se propuso “cimentar la idea de patria dentro del proletariado”, “condenar y combatir las utópicas doctrinas maximalistas” y ofrecer cooperación al gobierno provincial.

La prédica tuvo rápidos resultados. Nueva Época anunció el 14 de enero que la policía santafesina había recibido el ofrecimiento de numerosos vecinos que deseaban “cooperar al mantenimiento del orden”. El mismo día publicó que por calle San Martín habían desfilado unos 200 hombres para “ofrecer espontáneamente sus servicios a la autoridad”. Como no podía ser de otra manera, “eran en su mayoría jóvenes pertenecientes a nuestras principales familias y que figuran entre los socios del Club del Orden”.

En la tarde de ese mismo día, el Comité Pro-Nacionalidad organizó una “gran manifestación popular”, que según el periódico había resultado una “nota patriótica” que había “levantado los espíritus” y dado la medida “del celo con que esta sociedad está dispuesta a impedir que se atente contra sus derechos”. El acto en la Plaza España fue abierto por el ingeniero Francisco Fernández, quien en nombre del Comité dijo: “Bienvenida sea esta congregación cívica donde se funden clases, gremios, matices políticos, bajo el amplio y sacrosanto pabellón nacional, que si todos estamos dispuestos a ser cruzados de las reivindicaciones obreras, dentro del orden y de la libertad, también seremos cruzados para vengar cualquier agravio inferido a la Nación, y para fulminar los elementos anárquicos que conspiren contra la estabilidad de las instituciones y atenten a los derecho del individuo y de la colectividad”.

También habló en la manifestación el presidente de la Sociedad Israelita de Santa Fe, acosado por las imputaciones recibidas por muchos judíos de pertenecer al comunismo. Comenzó explicando que ya se había demostrado “en muchas ocasiones” que los israelitas no eran rusos y que por tanto la colectividad condenaba “los sangrientos sucesos que se vienen produciendo por elementos extraños a este país y su constitución” y a “aquellos elementos que aprovechándose de este momento trágico quieren mancillar a un pueblo inocente y pacífico con la mancha negra del maximalismo que en nada tiene que ver con este elemento subversivo”. Por si hacía falta, aclaraba que la mayoría de los integrantes de la Sociedad Israelita Sionista de Socorros Mutuos de la ciudad eran “ciudadanos argentinos”.

La manifestación recorrió luego las calles céntricas, al ritmo de la marcha de San Lorenzo, recibiendo flores de las damas y aplausos de los caballeros del Club del Orden y del Club Comercial. Llegada a la casa de gobierno, fue presenciada por el gobernador y sus ministros y se oyeron más discursos.

En Buenos Aires, el jefe de la represión, general Luis Dellepiane, felicitó en nombre del presidente Hipólito Yrigoyen a las fuerzas policiales tras el conflicto que había dejado varios centenares de muertos. Santa Fe no podía quedar atrás. Con la huelga finalizada, en los últimos días de enero se reunió en el Club del Orden un grupo de caballeros con la idea de recolectar fondos para premiar a los agentes de policía “por sus fatigas en los últimos sucesos”. Se planificó además una kermesse, bajo el auspicio del Consejo de Educación de la provincia. El diario Santa Fe protestó por el “exceso”. La policía, señaló, “no tuvo que realizar sacrificio alguno para cumplir con sus habituales deberes. Si hubo víctimas no fue entre los guardianes del orden”. Bastaba dar las gracias, aseguraba. “Otra cosa sería si se quisiera contribuir a aliviar la situación de los obreros y sus familias, que han sufrido en el trance indicado, alguna desgracia”.

Para ellos no hubo kermesse.


Las incidencias de la huelga en Santa Fe
En la ciudad la huelga por reivindicaciones propias y en adhesión a los sucesos de Buenos Aires, fue protagonizada principalmente por obreros marítimos y ferroviarios.

Los hechos, y el terror por lo sucedido en la Capital, obligaron al acuartelamiento de la policía, que extremó la vigilancia en los alrededores del puerto y otros lugares conflictivos. Grupos de empleados municipales, por ejemplo, realizaban rondas alrededor de la Usina, armados con máuser.

Al declararse la huelga en la Casa Sarsotti, un vapor se encontraba a punto de zarpar rumbo a Paraná, con pasajeros y correspondencia. Carlos Sarsotti no se amilanó, asumió el mando del vapor y llevó como foguista a su hijo. Con el transcurrir del conflicto, la posición del empresario se endureció, al punto de despedir a todos y cada uno de los huelguistas.

Lugar de reunión por esos años era la Biblioteca Emilio Zola. Hacia allí fue la policía el 10 de enero, deteniendo a “los agitadores” Armando Molina, Cosme Cunillera y Joaquín Gines, por el delito de proclamar la huelga revolucionaria, “con incendios y destrucción de todo lo existente”. “¡Hasta querían la muerte del jefe de policía!”, escribió en su crónica un periodista de Nueva Época. Días después fueron apresados en el puerto otras personas. Eran españoles, rusos y argentinos; algunos de ellos dijeron ser “propagandistas del maximalismo”.

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