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El Pueblo

Decía desde su portada que publicaba los documentos del gobierno, pero que su redacción no era oficial. Sin embargo, con el rimbombante nombre de El Pueblo, los escribas oficiales defendían a papel y a pluma al gobernador y a su ministros y daban lecciones de periodismo.

Después de un breve descanso y 36 números, el diario El Pueblo volvió a aparecer en la ciudad, en octubre de 1869.

Se volvía a presentar ante sus lectores diciendo:

Después de un corto espacio de tiempo, se presenta de nuevo el “Pueblo” en la ardiente arena del periodismo, sin otro programa ni otro objetivo que sostener la Constitución que nos rige, velar por las libertades públicas y fomentar el progreso y adelanto de esta rica provincia.

Gobernaba la provincia Mariano Cabal, quien preparaba el terreno a un político que iba, para bien y para mal, a hacer historia en nuestra provincia: Simón de Iriondo. Se trataba, por supuesto, de un diario oficial. Por ello, en la presentación señalaba que El Pueblo era un “órgano de sentimientos patrióticos e independientes en sus opiniones liberales”, por lo cual, decía, “combatirá las malas tendencias y los abusos de los que mandan, como será también inexorable con aquellos que, desconociendo las leyes de la cultura y las del verdadero raciocinio, hacen una oposición insensata a todos los actos del Gobierno, sin guardarle respeto ni miramiento alguno”.

Aseguraban los redactores que iban a poner

el lenguaje tranquilo, pero severo de la razón, defendiendo las autoridades de la provincia cada vez que ellos sean injusta y gratuitamente atacados por ese pequeño círculo de encarnizados opositores, que destituidos de todos los principios de probidad, honradez y decoro, no pude mediar sino por medios viles y sendas tortuosas, ajenas de la franqueza republicana.

Es sumamente doloroso para los que aman y se interesan en el engrandecimiento de esta tierra, para los que han derramado su sangre generosa, sacrificado sus bienes y sufrido males y persecuciones sin cuenta por alcanzar la paz, el orden y libertad de que gozamos, ver que sus preciosos y sagrados intereses, su tranquilidad y reposo, sean amenazados por los esfuerzos destructores de una facción anárquica, cuya siniestra cabeza ha asomado con inaudito descaro en estos últimos tiempos.

Se trataba, según El Pueblo, de una

pandilla que quiere imperar a toda fuerza en la provincia. Ahí esta, atentando contra el orden establecido, vomitando veneno en sus producciones contra los funcionarios públicos, contra los hombres más conspicuos de Santa Fe, contra el honrado gobierno del Sr. Cabal. Leed sus producciones escritas con inmundo lodo, y no necesitareis más para juzgarlo. Allí veréis perfectamente daguerrotipados, su moral, sus principios, sus tendencias, sus depravados intenciones, su corrupción y su desenfreno. Allí conoceréis el espíritu que anima a los que predican contra el despotismo de Santa Fe, que no es otra cosa que un Gobierno regular, a lo que claman contra Cabal, porque Cabal no les da participación en la cosa pública, contra Iriondo, porque Iriondo nada quiere saber con ellos.

Calumniadores de oficio

Queda claro entonces, que El Pueblo era un diario oficial. Prometía entonces combatir a los que mandaban si abusaban de su poder, pero defenderlo si se debía… y claro, siempre se debía defender al gobierno. Especialmente porque según El Pueblo, había prensa opositora que estaba haciendo campaña no solo contra el gobernador, sino contra la provincia toda.

Así decía:

Helos allí, a esos calumniadores de oficio, a esos hombres de tendencias corrompidas a los cuales nada sacia su sed de mando, su ambición y desenfreno. Perdidos en el terreno de los principios, despopularizados en medio del pueblo que ha sido testigo de sus iniquidades, se ven obligados a echar mano de la calumnia, de los insultos, de la difamación y del escándalo, procurando extraviar la opinión pública por todos estos medios de perversidad que están siempre al alcance de los hombres inmorales, sedientos de puestos y empleos que les proporcionen un modo de vivir en la más degradante ociosidad.

Qué mejor que un periódico oficial para determinar entonces qué debía hacer el periodismo. Decía El Pueblo que con esos calumniadores, la prensa se apartaba

lastimosamente de su deber, que es el apostolado de la verdad, se la corrompe poniéndole al servicio de pasiones innobles, atacando la reputación de los Magistrados honrados, publicando defectos de su vida privada, que no interesan al público y convirtiendo en cuestión de personas las que debían serlo solamente de principios. Pero así también es como únicamente entienden su misión esos reptiles venenosos, esos espíritus envilecidos que desde la cátedra de la prensa, calumnian a los Magistrados honrados, mienten, propalan y hablan con cínico descaro de todo lo que no es ellos y su santa causa.

Así no se hace periodismo

La campaña llevada adelante contra Cabal y sus amigos por la “mala prensa”, merecía una buena lección de periodismo:

Estas explotaciones indignas, estos apasionados extravíos de los fariseos de la verdad, estas repugnantes personalidades de tantos díscolos perturbadores del orden y tranquilidad pública, son ya harto insensatas, y la masa general de los ciudadanos anatematizan esos gritos repetidos y voces tumultuarias que diariamente se escuchan de parte de los apóstoles de la anarquía, de la sedición y el desorden, que se quieren erigir en maestros y pedagogos del pueblo.

El diario se preguntaba:

¿a qué tanta exaltación de pasiones, tanta falta de respeto al decoro de la Autoridad? ¿A que sacrificar la verdad por la mentira y vituperar los actos del Gobierno sin reducirlos al criterio del análisis examinando sus ventajas o inconvenientes? ¿Por qué levantar esa algazara estúpida y criminal contra el Gobierno de Santa Fe? ¿Por qué ese olvido del respeto que todos le debemos a los Mandatarios?

Y por supuesto, no dejaba de advertir a “los otros”:

Deben persuadirse los enemigos de la administración actual, que su propaganda de insultos despierta en el pueblo el más profundo desprecio y que en vez de dañar el buen crédito del Gobierno, sólo consiguen estrecharle más y más las simpatías de la opinión pública.

Curiosamente desde un diario oficial, se marcaba:

Nosotros, mientras tanto, protestamos desde ya en nombre de la dignidad de la prensa y de la sociedad en que vivimos contra las procaces insolencias dirigidas al primer magistrado de la Provincia, y pedimos a este que modele su poder a las leyes, si quiere conservarlo y al pueblo que refrene al Gobierno cuando salga de la órbita trazada por la Constitución, pues los esfuerzos que haga por su libertad los hace por la felicidad de la Provincia, de la Nación entera y el crédito de sus Mandatarios, siendo el mayor bien de los pueblos, ser obedientes a la ley y el mayor bien de los Gobiernos la dichosa necesidad de ser justos.

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